Escrito 22

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La alegría, ¿dónde mora ya?
Ausente está, cual brisa que partió sin despedida.
Ausente también estoy yo,
como si el reflejo en el agua ya no supiera mi nombre.

¿Habré de poner fin a esta ausencia
que oprime el pecho como mortaja invisible?
¿Deberé aún blandir mi alma en lucha contra la nada?

¿Dónde, decidme, quedó la alegría de la niña?
Aquella que danzaba entre los rayos del alba,
que reía con los lirios,
y amaba sin temor ni medida.

Desde las honduras del pecho,
una voz —la suya— se alza, trémula:
"¡Déjame salir!", clama,
"¡Déjame ser yo otra vez!"

Mas las cadenas del tiempo la retienen.
Y yo, vencida en mi duda, me pregunto:

¿Debo aún luchar por su regreso?
¿O comprender, al fin,
que la ausencia de la alegría
es sino el tributo sagrado del crecer?

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