Extra por los 10K

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El entrenamiento estaba siendo ameno, todo transcurría con total normalidad. Yo, golpeándome con un chaval en la pista, como cada día libre, descargaba toda la frustración en el campo. Golpe tras golpe, me concentraba solo en eso. En no pensar.

Hasta que llegó ella.

La hermana de mi querido amigo Hamza, con esa tranquilidad que parecía no darse cuenta de lo que causaba a su alrededor. Venía solo a entregarle la bolsa que se había olvidado. Nada más. Nada extraordinario. Pero bastó con su entrada para que el ambiente se volviera distinto. Como si todo el aire del pabellón empezara a girar en torno a ella.

Odiaba cómo su presencia me absorbía. Odiaba esa forma en la que mi vista se desviaba sola, como si no me perteneciera. La acababa de conocer en persona y ya no podía apartar los ojos de ella. Había algo en su forma de caminar, de hablar, incluso en la manera en la que sostenía la bolsa que me desconcertaba.

El día anterior no terminó como esperaba. Actué como un adolescente. Me sentí mal cuando Nissrin y Hamza se fueron sin preocuparse por cómo dejaban la cocina, así que me quedé recogiendo todo. Solo. Hasta que ella, Kamar, se ofreció a ayudar. Y mi error fue no decirle que no.

No me resistí. Me quedé. Y lo peor es que intenté hacerme el gracioso, buscando provocarla con bromas absurdas, como si estuviera probando sus límites.

¿¡Cuándo había discutido yo por quién fregaba mejor los platos!?

Lo peor fue notar que nuestras miradas se volvían cada vez más largas. Más intensas. Que su voz empezaba a quedarse en mi oído incluso cuando dejaba de hablar. Que su presencia no se diluía con el silencio, al contrario, se hacía más fuerte.

Sentí que algo en mí empezaba a entenderlo. Así que me alejé. Me excusé torpemente y fui al salón, como si el simple hecho de poner distancia me protegiera de lo evidente.

Y entonces llegó su hermano. Escuché desde lejos cómo discutían por algo que no entendí del todo, y justo en medio del ruido, Noor me llamó. Una excusa para distraerme. Para respirar. Para no pensar en ella.

Pero ahora estaba aquí de nuevo. Kamar. En medio del gimnasio, como si fuera lo más normal del mundo. Con ella, un tipo escuálido que parecía sacado de un anuncio de crema solar. No podía llamarlo hombre. Ni siquiera chico. Un niño que la miraba como si el simple hecho de tenerla cerca fuera un privilegio. Y lo peor es que ella sonreía.

Empecé a sentir un cosquilleo incómodo en el estómago. Algo que me impulsaba a acercarme, a interponerme. A arrancarle esa sonrisa de la cara.

Y Hamza, mientras tanto, lo permitía. ¡Hasta le sonreía!

Sin pensarlo dos veces, bajé del ring, dejando al chaval con el que entrenaba totalmente confundido. Me acerqué sin disimular, y me coloqué justo detrás de ella. Ella lo notó al instante, como si mi presencia tuviera peso. Se giró lentamente, y nuestros ojos se encontraron.

Ahí estaba otra vez. Esa maldita mirada.

Era imposible no quedarse atrapado. Sus ojos marrones tenían algo hipnótico. No eran solo bonitos. Eran serenos. Claros. Me miraba sin miedo, como si no tuviera idea del efecto que causaba. Durante un segundo, me permití quedarme ahí. En su mundo. Hasta que desvió la mirada, nerviosa, y volvió a enfocarse en el escuálido ese.

—Anwar, te presento a... —empezó a decir Hamza.

—Amin —solté yo, seco, sin dejarle terminar.

No sabía por qué estaba actuando así. Supongo que me molestaría si un tipo así se acercara a Noor. O eso quería creer. Pero en el fondo sabía que no tenía nada que ver con Noor.

Sabr~1Donde viven las historias. Descúbrelo ahora