El olor a metal oxidado, cloro y sangre vieja flotaba en el sótano de piedra. En la oscuridad, el cuerpo sin vida de un joven informante yacía aún tibio, la garganta desgarrada con una precisión casi quirúrgica. Rhaella Zoldyck lo miraba en silencio, sentada sobre la mesa donde lo había interrogado. No era culpa, ni satisfacción. Era análisis.
—No lloró —murmuró para sí—. Hasta el final, me sostuvo la mirada. Qué raro... hoy me molesta.
Se limpió las manos con un paño de lino blanco, ahora rojo. A su lado, Illumi la observaba con su rostro neutro, las manos cruzadas detrás de la espalda.
—Lo mataste bien. Pero dudaste.
—No dudé —replicó ella sin alzar la voz—. Solo... quise entender por qué no rogó.
—Porque aún esperas algo de las personas —dijo él—. Ese es tu mayor defecto.
Ella apretó la mandíbula. No respondía, pero él tenía razón. Hacía seis meses que se había alejado de todo lo que significaba paz, y aún así... no podía borrar del todo ciertos nombres de su mente.
Especialmente el suyo.
Feitan.
Aún recordaba la última vez que lo vio. Había querido quedarse. Él también. Pero si lo hacía, no cambiaría. No se haría más fuerte. Solo seguiría siendo “la que siente”. Y eso ya no le servía.
—¿Te molesta que me cuestione? —preguntó Rhaella con voz cortante—. ¿O te molesta que todavía me importe no convertirme en ti?
Illumi no respondió. Le bastaba con verla seguir adelante. Y lo hacía.
La siguiente misión la llevó a un distrito costero bajo control mafioso, donde un empresario corrupto tenía un precio sobre su cabeza. Era sencillo, incluso aburrido. Pero el hombre tenía una hija. Rhaella lo ejecutó con una hebra de hilo acerado mientras salía de su mansión. La niña corrió hacia el cadáver. Gritó su nombre. Lloró. La miró.
—Tienes que aprender ahora, pequeña —dijo Rhaella en voz baja—. La sangre no elige a quién ensucia.
Caminó sin mirar atrás, pero su mente repitió los gritos durante horas.
Esa noche, Illumi la encontró afilando su cuchillo junto al lago.
—¿Quieres que me vuelva insensible? —le preguntó sin mirarlo—. ¿Eso te haría feliz?
—No se trata de felicidad —respondió él—. Se trata de eficiencia. De control. Cuando sientas que cada muerte no pesa, sabrás que eres libre.
Ella se quedó en silencio.
La siguiente vez, no permitió que nada la tocara.
Rhaella fue enviada a eliminar a un traficante de niños en un viejo internado abandonado. La misión era acabar solo con él. Pero cuando lo tuvo frente a sí, atado a una silla, le sonrió.
—¿Cuántas veces rogaste tú, antes de llevarte a los que no podían hablar? ¿Cómo suena tu voz ahora, sin poder mentir?
Durante tres días, lo mantuvo vivo. Le hizo recordar. Le hizo suplicar. Y después lo quemó junto al edificio.
Cuando los rescatistas llegaron, los niños sobrevivientes no hablaban. Algunos solo repetían el nombre de una mujer de cabello oscuro.
—¿Quién lo hizo? —le preguntaron a una de las niñas.
—La flor... la flor negra.
Illumi estaba esperándola al volver.
—¿Disfrutaste?
—No. Pero aprendí —dijo ella—. El fuego limpia. A veces... también castiga.
Empezó a cambiar. Ya no escribía. Ya no hablaba de Feitan. Lo recordaba, sí. Pero lo enterraba, una y otra vez.
Una noche, durante un encargo en los barrios ocultos de la ciudad de Lyskar, fue contratada por un noble degenerado. Él quería que ella eliminara a su esposa y a sus dos hijos. Que lo hiciera con "estilo".
—¿Con estilo? —le dijo Rhaella, sonriendo con frialdad—. Qué palabra tan vacía para lo que pides.
Aceptó. Encerró a la familia en una habitación sin ventanas. Durante una semana los alimentó con promesas. Luego, uno a uno, les mostró lo inevitable. A la madre la dejó vivir.
—Vivirás sabiendo que no supiste protegerlos —le dijo mientras la soltaba—. La culpa será mi herencia para ti.
Cuando le contó a Illumi, él la escuchó con atención. Por primera vez, la abrazó.
—Ya no necesitas que te diga qué hacer. Lo haces tú sola.
—Porque ya no me importan las consecuencias —respondió Rhaella, apartándose.
Pero sabía que no era verdad. Todavía soñaba. Todavía, algunas noches, lo veía.
Feitan.
Una figura pequeña, de ojos oscuros, mirándola desde el rincón de su subconsciente.
"Te vas a romper", le decía.
Y ella despertaba, empapada en sudor, con la daga entre los dedos.
Entonces, fue más lejos. Se infiltró en un culto de fanáticos que consumían aura para alcanzar un supuesto despertar espiritual. Pasó semanas fingiendo devoción. Se volvió su sacerdotisa. Cuando le ofrecieron liderar un rito, los envenenó a todos.
Con sus cuerpos, escribió un mensaje con sangre en las paredes del templo:
*"Nada sagrado queda en mí. Solo muerte."*
Al regresar, Illumi la esperaba en el umbral de la mansión.
—Ya no eres mi hermana menor —le dijo.
—¿Entonces qué soy?
—Una Zoldyck perfecta.
Rhaella no respondió. Su rostro no mostraba nada. Pero dentro de ella, algo gritaba.
Entró a un bar oscuro en Ciudad Cadra una noche sin rumbo. No había misión, solo hambre. De silencio. De olvido.
Y allí estaba él. Feitan. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Se miraron.
—Estás más flaca —dijo él.
—Estás igual de seco —respondió ella.
Él no sonrió. Ella tampoco.
—Te estás rompiendo —le dijo él—. Lo veo en tus ojos.
—No tienes derecho.
—Tengo memoria. Y sé lo que eras.
—Lo que era no me hizo fuerte —dijo Rhaella, bajando la voz—. Me hacía... quedarme. Y yo necesito avanzar.
Feitan la miró. Lento. Como si quisiera grabarla por última vez.
—Aún puedes volver —le dijo.
—¿A qué? ¿A ser una debilidad más en tu colección de armas rotas?
Feitan se fue. Ella no lo detuvo. Solo quedó de pie, mirando su sombra desvanecerse entre la niebla.
Al día siguiente, atacó un laboratorio de experimentación biológica. Sin encargo. Solo por impulso. Los científicos imploraron clemencia. Ella los desarmó y los convirtió en sujetos.
—Hoy seré lo que ustedes fueron para otros —susurró—. Les devuelvo el favor.
Uno a uno, los transformó en su experimento. Al último, le dijo:
—¿Ves lo que una flor rota puede hacer?
Ahora camina sola. A veces bajo lluvia inexistente. A veces con la sangre aún caliente en las manos.
Rhaella ya no tiembla. Ya no sueña.
Pero aún arde en su pecho algo que ni Illumi ha logrado borrar:
una voz.
una mirada.
una elección.
Y esa herida… es la única que aún no sabe cómo cerrar.
Proxx capp
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Moon dancing
FanfictionRhaella zoldyck un asesina profesional, que proviene de dicha familia, ella tiene un contrato por tener que asesinar a una persona importante que tiene una cantidad de tesoros valiosos escondidos, pero en esa misión que todo iba bien se cruza con e...
