La niebla matutina, teñida de humo y el polvo de los escombros, se aferraba a las calles de la capital élfica. El ensordecedor bombardeo desde el mar había cesado, reemplazado por un silencio ominoso, roto solo por el crepitar de los incendios distantes y el ocasional gemido de estructuras a punto de colapsar. Por el puerto destrozado y a través de las brechas abiertas en las murallas, avanzaba una procesión de muerte.
A la cabeza, caminando con una calma glacial que contrastaba brutalmente con la destrucción a su alrededor, iba Bell Cranel. No vestía la armadura reluciente de un rey, sino ropas sencillas de viaje, manchadas de polvo y un ligero rocío de un rojo más oscuro que no era suyo. Sus ojos, dos fragmentos de cielo invernal, no miraban a los lados. Estaban fijos en la silueta del palacio real, que se alzaba al final de la avenida principal, su cúpula ahora agujereada y humeante. A su espalda, marchaban en formación perfecta y silenciosa sus comandantes: los más letales de Artemisa, los más astutos de Atenea, los más feroces de Hestia. No había prisa en sus pasos. Había una certeza absoluta.
El primer intento de detenerlo fue casi patético. Un grupo de guardias reales, jóvenes elfos cuyos rostros mostraban más terror que valor, emergió de una calle lateral. Sus armas temblaban en sus manos.
Guardia Joven: (Con voz quebrada) ¡¡Alto, intruso!! ¡¡Por orden del Rey...!!
La frase murió en sus labios. Bell no disminuyó su paso. Ni siquiera giró la cabeza. Un gesto casi imperceptible de su mano izquierda, y el aire frente a los guardias se densificó, se comprimió, y luego estalló hacia dentro. Fue como si un gigante invisible los hubiera aplastado contra el muro. No hubo grito, solo un crujido sordo y húmedo, y luego silencio. Bell siguió caminando, pasando junto a los montículos informes sin una mirada.
Más adelante, un veterano capitán de la guardia, un elfo con cicatrices y los ojos inyectados en furia, aguardaba tras una barricada improvisada con carretas volcadas. A su lado, una docena de lanceros mantenían la formación
Capitán Élfico: (Rugiendo) ¡¡Demonio!! ¡¡No pasarás!!
Lanzó una flecha encantada, un proyectil de luz verde que habría perforado el acero. Bell la miró llegar. La flecha se detuvo en el aire, a un palmo de su pecho, vibrando. Luego, se deshizo en motas de polvo luminiscente que se apagaron. Los lanceros cargaron al unísono. Bell exhaló un suspiro, un sonido de aburrimiento infinito. Al pisar el suelo, una onda de fuerza pura, invisible e implacable, se expandió desde sus pies. Las losas de la calle se levantaron como olas petrificadas, arrojando a los elfos al aire para luego sepultarlos bajo una lluvia de piedra. El capitán fue el único que quedó en pie, aturdido. Bell pasó a su lado. Un simple toque en la sien con el dedo índice. El cuerpo del elfo se desplomó como un muñeco de trapo, sin un rasguño visible, pero con la vida extinguida al instante
La noticia de su imparable avance corrió más rápido que sus pasos. Cuando llegó a la gran plaza del Gremio de Alfheim ,un edificio imponente de mármol blanco y vidrieras de colores que ahora estaban hechas añicos, las calles laterales estaban vacías, pero los rostros aterrorizados de los civiles elfos asomaban por ventanas y balcones rotos. Sus ojos, llenos de un horror ancestral, seguían la figura del Rey Espiritual y su séquito de sombras, avanzando como una guadaña viviente
Delante del edificio del Gremio, Bell se detuvo por primera vez. Sin volverse, hizo un leve gesto con la cabeza.
Bell: (Voz clara, sin levantar el tono) General Leif. Limpieza.
General Leif: (Asintiendo con solemnidad) Como ordene, Su Majestad.
Sin decir una palabra más, Bell reanudó su marcha, dejando al general y a un pequeño contingente frente al Gremio
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Dammachi: Mi amada Sobrina
AdventureSe dice la leyenda que los dioses crearon a los espíritus para que ayudaran a la humanidad , pero destacaban tres que eran Aria , Júpiter , Bell y este ultimo decidió irse para no volver al ver la maldad del mundo Ahora han pasado 5 años
