La presencia de Kurumi no era ya una amenaza. Era un colapso. Un universo de dolor condensado en un solo ser que empezaba a desgarrar la realidad por pura desesperación.
Bell, con su escudo de luz dorada protegiendo a Riveria y a las ninfas, se preparó para lo inevitable. No había forma de detenerla con fuerza. Nunca la había. Kurumi no era un enemigo al que vencer; era una herida que había que sanar, y él no había encontrado la forma en milenios.
Pero entonces, el aire a su alrededor cambió.
No fue un sonido, sino una vibración. Un susurro de hojas en un bosque que ya no existía. Un aroma a savia y a rocío matutino que se coló entre el hedor a humo y muerte. Y de entre las sombras de los edificios derruidos, de entre los fragmentos de tiempo distorsionado que Kurumi había desatado, comenzaron a emerger figuras.
No eran guerreras. No eran comandantes. Eran... antiguas. Etanas. Sus cuerpos parecían tejidos con la luz de la luna filtrándose entre las copas de los árboles, sus cabelleras hechas de bruma y sus pies desnudos apenas rozaban el suelo, como si la tierra misma no se atreviera a retenerlas.
Las ninfas.
No las jóvenes que escoltaban a Riveria. Estas eran otras. Las mayores. Las primeras. Las que habían sido niñeras de los espíritus cuando el mundo era joven y el pacto entre elfos y espíritus era más fuerte que cualquier lazo de sangre.
Una de ellas, la que parecía encabezar al grupo, dio un paso adelante. Su rostro era hermoso en la forma en que lo es un árbol milenario: arrugado por los siglos, pero erguido, imperturbable, grabado con una sabiduría que pesaba más que montañas. Sus ojos, del color del ámbar líquido, no miraban a Kurumi con miedo. La miraban como se mira a una hija descarriada, con un dolor que solo la antigüedad puede forjar.
?????: (Su voz no era un grito, era el canto de un arroyo profundo, sereno y a la vez implacable) Kurumi. Hija de la tormenta y el tiempo. Basta
El poder de Kurumi vaciló. No por la orden, sino por la voz. Una voz que conocía. Que había escuchado en susurros de cuna antes de que el mundo se volviera un infierno.
Kurumi: (Su tono, por un instante, perdió filo) ¿Vosotras...?
La ninfa anciana no respondió. En lugar de eso, giró lentamente su mirada hacia Bell. Y en sus ojos de ámbar, Bell vio algo que no había visto en milenios: ternura. La ternura de aquellas que lo vieron nacer como espíritu, que lo mecieron cuando era apenas una chispa de consciencia en el primer bosque.
????: (Con una dulzura que desarmaba) Pequeño Bell. Has crecido.
Bell sintió un nudo en la garganta que no esperaba. Las palabras se le atascaron por un momento, mientras la ira y el dolor que había contenido durante eones empezaban a burbujear en su pecho.
????: (Sin apartar la mirada) Has conseguido una familia. Algo que creíamos perdido para los nuestros. Algo por lo que luchaste solo, durante tanto tiempo...
Bell: (Su voz, al fin, salió. Pero no era la calma glacial del rey. Era la voz de un hermano que había visto morir a todos los suyos) ¿Y ahora venís?
La ninfa inclinó ligeramente la cabeza, como si ya supiera lo que venía.
Bell: (Dio un paso al frente, y su luz dorada parpadeó, teñida de un rojo de furia contenida) ¿Ahora venís a detenerla? ¿Ahora, cuando ella está a punto de romper el mundo, aparecéis vosotras, las que nos cuidabais, las que nos mecíais, las que...?
Su voz se quebró. Y entonces, la presa se rompió.
Bell: (Gritando, con una rabia que llevaba siglos acumulándose) ¡¿DÓNDE ESTABÁIS EN LA GRAN PURGA?! ¡¿DÓNDE ESTABAS CUANDO CAZABAN A MIS HERMANOS, CUANDO LOS QUEMABAN EN SUS BOSQUES SAGRADOS, CUANDO LOS DESGARRABAN COMO SI FUERAN ALIMAÑAS?!
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Dammachi: Mi amada Sobrina
AventuraSe dice la leyenda que los dioses crearon a los espíritus para que ayudaran a la humanidad , pero destacaban tres que eran Aria , Júpiter , Bell y este ultimo decidió irse para no volver al ver la maldad del mundo Ahora han pasado 5 años
