Capítulo I

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EN LA CORTE

- ¿Señor Schuft? ¿Me oye?, le estoy hablando - fueron las palabras de aquel joven que me preguntaba si estaba bien. La verdad que ignoro las causas, lo hecho, hecho está. Me quedé un largo rato en silencio. Hasta que volví en mí.
- Disculpa, no dejo de pensar en lo que pasó. Puedes retirarte.
- Pero necesita que llame al paramédico, no lo veo bien. Volvió a insistir.
- No es nada, son cosas de la edad. Respondí como argumentando mi propio desvanecimiento.
De hecho, quiero que me hagas un favor ya que andas de buen samaritano. Si alguien pregunta por mí en recepción di que no estoy.
- Lo haré - respondió el joven risueño, su mirada atenta y su voz tan sensual tranquilizaba los latidos de mi corazón.

Salió entonces de la habitación, cerrando tras de sí la ruidosa puerta.
Me quedé pensativo en el sofá de la suite. No sé ni por cuantas horas. No dejaba de pensar en mi crimen. Pero lo más probable es que sea el último sospechoso - monologaba en voz alta - aunque Mark no era de esos que tenía enemigos capaces de hacerle semejante cosa. Mañana temprano, eso haré. Llamaré a Santiago. Saldré de esta - y diciendo esto me volví a servir otra copa de whisky, la décima hasta entonces - me quedé dormido con todo y traje.

Muy temprano me fui a dar una ducha, tratando de que la cura a mi delirio sea la fresca agua que recorría mi cuerpo ya entrado en la cuarta década, más que nunca me pareció que el agua me perforaba la piel en cada gota fría que se acercaba a mí para limpiarme de mi última impureza.
Ya era hora de salir, prepararme, tomar un café y con ella el coraje de ir a confesar mi crimen. Tomé mis cosas y me dispuse a salir a la Parroquia de Santa María de la Dolorosa. En donde fui a ver al Padre Santiago.

Santiago fue mi confesor cuando vivía en Madrid, hasta que lo mudaron de Parroquia y por cosas de la vida me volví a encontrar con él en esta ciudad y era, por ende, el único en quien podía confiar.

Entré al confesionario, al cuarto en donde firmaba un pacto con Dios, en donde él me prometía salvación, en aquel lugar donde ya tantas veces fui a decir las mismas cosas, firmando infinitas veces ese mismo libro. Entonces escuché unos pasos bastantes conocidos. Era Santiago. Mi alma me pedía a gritos que me confesara, pero mi corazón dijo que no. No, porque no estaba arrepentido. Justificando de esta manera que era en vano mi visita a ese sagrado lugar.

- Ave María Purísima.
- Sin pecado concebida, Padre. Respondí con voz un poco temblorosa.
- A ver, dime, ¿Cuáles son tus pecados? Musitó el padre.
- Me acuso de asesino - Respondí con frialdad, con ira y repudio hacia mí mismo, pero algo me decía que no era culpable, la muerte de aquel ser era necesaria.
- Dime exactamente lo que hiciste, hijo mío - replicó el padre en voz baja, se oía más bien como un susurro, la voz seca de un adulto mayor. Una voz penetrante y dura. Que definitivamente no era la del Padre Santiago.
Me alejé del confesionario sigilosamente porque no quería decírselo a alguien más que no era Santiago.

Un rato después salí a la plaza y me fui a sentar a la sombra de un cenador. Pensativo, discreto. Como si fuera el único ser que ocupaba todo aquel recinto. No dejaba de pensar en Mark.

Todo me recuerda a él.

Entonces me levanté de donde estaba sentado, me subí al auto y tomé rumbo a la escena del crimen. Nadie sospechaba de mí siendo que no soy de por ahí, vengo de vez en cuando a esta ciudad por cuestiones de negocio. Soy arquitecto, y junto con un grupo rotativo estamos llevando a cabo una obra, como ya estoy en una edad un poco rígida para mi propia profesión estoy viviendo de mis ahorros. Iba pensando por el camino. Nunca tuve una familia. Mark era lo más cercano a ella.
En eso recibo la llamada de Santiago.
- ¿Dónde estás?, el sacristán dice que te vio salir corriendo del confesionario, ¿pasa algo? Interrogó el padre como si ya supiera mi mal.
- Pasó todo - dije en tono apagado y con ganas de volver al pasado.
- Te... Te puedo ayudar. Añadió.
- Solamente quiero que me escuches, repuse sobre su afán de ser buen servidor del señor.
Después de una pausa, continué. - ¿Qué le parece si nos vemos cerca del restaurant Bravoletti?, o mejor lo busco.
- Me pare mejor lo segundo- asintió el cura. - Ven dentro de dos horas, entraré a Misa ¿Está bien? Dijo el padre haciendo denotar su gran curiosidad o su interés por mí. Sea cual fuere el motivo, yo acepté su condición y empecé a hacer tiempo hasta que llegue la hora de mi nueva sentencia.
Pasó el primer cuarto de hora.  La angustia se hacía más fuerte. La fábrica en donde acontecieron los hechos estaba a tan sólo veinte minutos de donde estaba yo.

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⏰ Última actualización: Jan 19, 2016 ⏰

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