¿Alguna vez te ha parecido ver a alguien pero resultó una persona totalmente distinta? Como ese día en el autobús cuando podías haber jurado que el chico que bajó cuando tú acababas de subir salía en una valla publicitaria. O aquella vez que te pareció ver al un personaje de tu libro favorito en la sección de cosmética. Tenía la misma figura, el pelo negro apenas rozaba sus hombros y vestía de azul. Pero al girarse su nariz no pegaba para nada. O cuando viste una cabeza rubia entre la multitud el sábado a mediodía y por un momento el amigo que llevabas años viendo solo en sueños estaba dos bares más allá. Pero llevaba unas gafas de sol que él jamás usaría y tenía un lunar en el pómulo izquierdo en lugar de en la sien.
¿Recuerdas esa sensación cuando crees haber encontrado a alguien que no sabías ni que buscabas? Debió ser algo así la primera vez que hablaste con ella.
—Perdona, se te ha caído esto —dijo una voz a tus espaldas.
Te giraste y la viste. Miraste la mano que se extendía hacia ti. Sostenía un juego de llaves. Era el tuyo.
—Gracias —dijiste aceptándolas y guardándolas en tu bolsillo.
Volviste a mirarla entonces, esta vez con más detenimiento. No la conocías, eso seguro, pero te resultaba familiar. Quizás era la sudadera, una chica de tu clase tenía una igual. O el pelo, la vecina de la playa se peinaba así también.
No. La habías visto antes, seguro.
Te diste cuenta de que no habías hecho nada a parte de mirarla en el último minuto. La situación se volvió incómoda de repente.
—Bueno, gracias de nuevo —. Con un movimiento de cabeza, te despediste y diste media vuelta.
De camino a casa, la chica interrumpía tus pensamientos constantemente, pero no conseguías recordar dónde la habías visto. Estaba empezando a molestarte.
Apareció en tu cabeza cuando sacaste las llaves para entrar, y más tarde, cuando tu compañera —la que tenía la misma sudadera que ella— te envió un mensaje preguntado por los deberes de lengua. Se metió en tus pensamientos más tarde cuando tu madre mencionó que una de las vecinas de la playa —no la que se peinaba como ella, la de la puerta de al lado— iba a vender su casa.
Sin embargo, el encuentro se fue desvaneciendo en tu mente hasta el punto de que te costó unos segundos reconocerla cuando la volviste a ver, casi un mes después.
Era sábado por la mañana y estabas de voluntariado en el refugio de animales local. El calor había comenzado a llegar tras el invierno y, a medida que se acercaba el medio día, se volvía cada vez más insoportable. Llevabas toda la mañana cambiando el agua de los animales pues esta se calentaba enseguida.
De hecho, acabas de cambiar el agua de un periquito cuando apareció:
—Perdona —dijo una voz a tus espaldas.
Cuando te giraste viste a una chica conriente que extendía unos papeles en tu dirección. Os mirásteis unos segundos antes de caer en la cuenta.
—Oh —dijisteis a la vez, ella en una media risa y tú en un murmullo.
—Debes ser el chico que nos tiene que dar a Molly —supuso y, sin respirar siquiera continuó hablando—. ¿Conseguiste llegar sin que se te perdieran las llaves otra vez?
—Eh, sí. Y, ¿quién es Molly?
—Esa —dijo señalando algo a tu espalda— es Molly.
Diste vuelta la cabeza y te diste cuenta de que Molly había de ser el periquito al que le acabas de cambiar el agua.
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El Equipo Ganador: Narnianas
Short StoryEn este libro se publicarán las historias para el concurso El Equipo Ganador
