Era el año 1815, tras la derrota final de Napoleón en Waterloo, jóvenes soldados regresaban a sus hogares. Sin embargo Lester un joven que entre sus pasiones tenía la de estar dibujando, al llegar a su ciudad y encontrarse que su familia había sido asesinada, sintió que ya nada le quedaba en la vida.
La tarde del segundo día de su regreso, se sumergió entre los pergaminos más antiguos que la pobre biblioteca de la iglesia de su pueblo tenía. Buscaba una respuesta a la justicia divina, la cual lo había privado de su familia y lo había dejado en la soledad total.
Leyó hasta el anochecer hasta que recordó su cita diaria en el cementerio. Un lugar pacífico que le traía paz a su mente. Cada vez que plasmaba aquellos trazos, línea tras línea, sentado entre las tumbas dibujando en su cuaderno que siempre llevaba consigo, con sus dedos manchados por el carboncillo, así como su rostro cada vez que quita el cabello de encima de sus ojos.
La poca luz iluminaba sus facciones duras y marcadas por el cansancio, aun así dejan ver a un joven apuesto con rastros de tristeza en sus hermosos ojos verdes color esmeralda que resplandecían bajo la Luz de la luna.
Sus dibujos eran de los epitafios que en las tumbas a su alrededor había. Además de los rostros de ángeles y demonios que deambulaban en torno a cada una de ellas. Cada alma siendo peleada por los Ángeles de luz o los caídos, haciendo su tarea para llevarlas a cada uno de sus maestros, fuera al cielo o al infierno.
Uno de estos Ángeles caídos sintió interés en aquel mortal. Lo veía sentado noche tras noche sin siquiera inmutarse ante la presencia de ellos.
Caminó hacia él para observarlo más de cerca.
Miró sus manos manchadas y sus vestimentas. Es un joven de clase, por su apariencia lo dedujo al observar sus zapatos con hebillas brillantes, sus pantalones y medias a media pantorrilla y camisa blanca de lino.
En sus años al servicio de su maestro jamás le había interesado la época en que se encontraba, pero al ver a ese joven sintió atracción por su posible estilo de vida, y se preguntó en qué siglo se encuentra.
El joven mira de reojo a ese ser que una vez fue celestial y ahora en su caminar pausado, donde la estela de humo negro que sus alas oscuras como la noche destilan, muy al contrario de los Ángeles celestiales que destellan luz cegadora...
―¿Qué quieres? ―le preguntó.
―¿No te da temor mi presencia? ―cuestionó el Ángel caído.
―Si tuviera temor ¿crees que estaría en este lugar a estas horas de la noche? ―refutó el joven.
―¡Si supieras quién soy, no serías tan insolente! ―dijo el Ángel, molesto y con supremacía ante ese Mortal insignificante.
―¡Sé que eres! ―contestó ―. Y tu nombre, no me interesa conocerlo.
―¿En qué año estamos? ―ordenó el Ángel.
―¿Que te importa? De dónde eres el tiempo debe pasar y no debería de importarte algo tan de humanos como el saber en qué año o siglo vivimos los simples mortales.
―Eres tan prepotente y obstinado... serias un perfecto Ángel caído en el infierno. ¡Al lado de mi amo! ―señaló el Ángel con un poco de admiración ante el joven de ojos color esmeralda, quien ni siquiera se inmutaba por su presencia.
Sin embargo, ese último comentario captó la atención del joven que ahora si lo miró a la cara a ese demonio alado, su rostro era joven y hermoso pero cargado de hastío y odio.
―¿Cuánto tiempo llevas en esto de llevar almas al infierno? ―le preguntó al Ángel.
―¿Dime en que año estamos y contesto tu pregunta?
―Es el último mes de 1815 ―aclaró el joven.
―Mmmmm... El siglo XIX. Llevo más de tres siglos arrastrando conmigo las almas de los humanos. Todos aquellos que han hecho daño a los demás de su misma especie. Incluso aquellos que en los últimos minutos de su vida, dicen arrepentirse pero que no lo hacen de corazón. Son quienes reciben el castigo más terrible que mi maestro puede dar, aquellos que siempre le adoraron directa o indirectamente y luego, le dan la espalda pensando que con eso ganarán su pasaje al paraíso. Pero hay algo que no saben ustedes los humanos y es que el peor infierno es el que se vive en esta Tierra. Los humanos son el peor castigo que ustedes mismos pueden tener. Se hacen daño unos a otros sin importarles las consecuencias de sus actos. Es tan fácil de dominar sus mentes, sus cuerpos y sus acciones. Pero son peores aquellos que sin nuestra ayuda son dueños de sus propios actos y de sus propios crímenes.
El joven de ojos verdes empezó a reír con ironía, llamando la atención del Ángel caído, llevándolo a la furia.
―¿De qué te burlas? ¿Crees que miento? ―espetó con una furia que detallaba en sus ojos... el fuego mismo del infierno.
―¿Crees acaso que me has dicho algo que no sé? ¿Crees que vengo noche tras noche a este cementerio solo a dibujar... y verlos a ustedes en su lucha constante de almas contra los otros que destellan luz? ―decía mientras se ponía en pie―. No, yo vengo con otro objetivo ―decía acercándose cada vez más a ese ser oscuro ―. Mis planes son otros. Mis objetivos en esta vida o después de esta, son otros.
El Ángel oscuro miraba al mortal caminando a su alrededor, con una mirada tan oscura y vacía, en la cual el alma había dejado de habitar en ese cuerpo y no comprendía que era lo que cruzaba por la mente de ese simple humano.
―Contéstame algo... ¿Te gusta lo que haces? ¿Te gusta dónde y cómo vives? O te gustaría más la vida opulenta de los simples mortales como yo. Los placeres banales que podemos sentir hasta saciar nuestros peores pecados capitales ―tentó al Ángel oscuro.
El Ángel lo veía con interés, pero no terminaba de entender a qué venía todo eso.
El joven posó su mano en el hombro del Ángel y le dijo muy cerca al oído... mi propósito estas últimas horas de mi vida... ha sido llegar a estar tan cerca a uno de ustedes para poder hacer esto...
De su bolsillo sacó un puñal de plata y de un sesgo cortó las alas del Ángel caído...
Todo a su alrededor oscureció, solo las luces de truenos se dejaban ver en la noche oscura...
Cuándo la luna volvió a iluminar el lugar, solo el cuaderno con los dibujos realizados por el joven apareció entre las tumbas y al lado un pergamino doblado con unas letras en tinta negra...
"...Dice la leyenda que cuando se quiere ir al infierno por su propia voluntad y poder salir de este las veces que desees... Debes arrancar las alas de un Ángel caído mientras estás en vida... de esta forma el Ángel toma tu lugar en la tierra y tú tomas el suyo en el infierno..."
** Derechos totalmente reservados en proceso de inscripción ante el R.P.I. de Costa Rica **
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Relatos de Lester
Ficção GeralFinales de siglo XIX, un joven sobreviviente de la batalla de Waterloo regresa a su casa para encontrar que su familia ya no existe. Encerrado en su dolor y como método de escape se dedica a su pasión... dibujar temas oscuros. Qué espera lograr enc...