Corre

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Quedaban tres cuadras y media para llegar a la iglesia. Allí estaría a salvo. Allí le creerían.

Vamos, tú puedes, corre.

Podía sentirla. Podía escuchar sus pasos, ella  no necesitaba correr.

Dos cuadras y media.

Demonios, ¡corre!, mira por dónde vas, no voltees.

Podía también oír su respiración, e incluso la veía; la visualizaba a la perfección, su cuerpo con su ropa que le ajustaba a la perfección, sus ojos negros, su blanca piel, sus labios... maldición, los conocía tan bien que podía sentir la sonrisa que se formaba en ellos, ensanchándose a cada minuto.

Una cuadra y media.

Solo un poco más. No estarías en ese estúpido equipo de básquetbol si no corrieras más rápido.

Los semáforos comenzaron a cortar, la luna asomaba entre los edificios con toda su inmensidad, no había nadie en la calle.

¿Por qué no había nadie? ¿Acaso nadie estaba viendo?

Escuchó su risa, como invitándolo a reír también, como si fuera todo un juego, como si no hubiera visto lo que hizo.

Como si nadie hubiese muerto.

Ya podía divisarse la iglesia, a solo unos pasos.

Media cuadra.

No, ¡por favor! Ya casi. ¡No pares!

La tierra se hundió bajo sus pies y cayó.

Y en ese momento, la oscuridad en persona se abalanzó sobre él.

No te dejes vencer, ¡resiste!

Sintió un cansancio repentino. Una gota de un líquido caliente y espeso corrió por su mejilla.

Levantó la vista, allí iba, con sus tacones repiqueteando contra el asfalto, con sus pasos firmes y afilados como dagas, tarareando una canción con su pegajosa y suave voz.

Se vio a sí mismo como en una película de terror, una pesadilla. Sintió que se relajaba, esa sería la parte en la que lo rescatarían, la parte en la que despertaría.

Pero recordó que no era ningún sueño. Era la realidad.

No seas cobarde, respira estúpido, obliga a tu corazón a seguir latiendo.

La puerta de la iglesia se abrió, alguien dijo su nombre.

Solo...

Sigue...

Respirando...


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