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Estar muerto por dentro.

Esa es la sensación que me invade y no importan mis esfuerzos me siento incapaz de escapar de ese constante estado de terror, es como ahogarse, sientes como te falta el aire y tus pulmones se contraen buscando respirar, y aunque me siento perdido una parte de mí no quiere hacerlo, una parte de ti está bien con esa sensación y me repito que debería dejarlo todo atrás y no volver a respirar. Acabar con todo.

Lo haría, sé que lo haría si no tuviera cosas aún por resolver ni siquiera me importaba que frente a mi estuviera a la única persona a la que le debo algo o por la que de verdad siento aprecio, me importaba mucho menos que con esta decisión yo le hiciera daño, un daño irreparable.
Lo he decidido y no titubeo ni en el momento en el que voltea a verme directamente con sus ojos grises de un tono idéntico a los míos y su semblante cambia radicalmente al verme, todo el cansancio desaparece de su rostro para dibujar en él un semblante alegre, como solía hacerlo desde que era apenas un crío, dejaba que todo el agotamiento que le dejaba su trabajo se evaporara con tal de sonreírme de la forma en la que le sonríe un padre a su hijo.

Como era habitual mi padre estaba sentado detrás de su pequeño escritorio, en su rostro se marcaba claramente el fastidio que le dejaba tener que tratar diariamente con adolescentes y su incapacidad de controlarse o por lo menos no realizar cosas que estén fuera de la ley.

Delante de él esta una mujer, bueno joven, puberta o lo que sea que ella sea, estaba moviendo las manos de forma extraña y dramática como si estuviera tratando de explicar algo en donde hiciera falta su mala representación teatral. Debía de ser el prototipo de adolescente problemática que ingirió alcohol por primera vez, para sentirse parte de alguna especie de grupo juvenil o para pertenecer a la "sociedad actual".

Desde donde me encontraba solo lograba ver su rostro de perfil, pero podía ver su cabello claramente teñido de un tono gris opaco, tenía el rímel corrido por toda la cara, lo cual le daba un aspecto de actriz de mala película de terror.

Fue hasta que volví la vista a mi padre que me percaté de que me estaba mirando.

—Hijo. ¿Qué haces aquí?

Me acerque más a donde estaban por alguna razón lo hice de una manera sigilosa preparándome para algo. Lo sabía desde el momento que cruce la avenida aun cuando el semáforo estaba en verde, lo sabía desde el momento que traspase la puerta de la estación de policía. Tenía que despedirme, si no lo hacía ahora no creía volver a junte la suficiente fuerza, no podría ser capaz.

—Lamento interrumpir. —digo haciendo caso omiso a su pregunta anterior— Ne-necesito hablar contigo.

Maldita sea, no titubees.

—Claro habla...

— ¡Tú!— interrumpe la chica rara, de la cual no es el nombre, me señala con su delgado dedo anular. Se levanta y se pone de puntillas como si fuera una niña. Soy más alto que ella por muy pocos centímetros así que cuando lo hace queda a mi nivel.

— ¿Te conozco?

Me mira directamente a los ojos, a muchas personas eso les resulta intimidante pero por alguna razón eso jamás me ha afectado.

—Eres un estúpido. ¿Me oíste? Un maldito estúpido. —No puede haber manera en la que este día se torne más raro de lo que ya es. — Sabes yo no, no puedo creer que lo hayas hecho. — está sollozando creo que ni siquiera se percata del lugar en el que esta; lo que sea que tomo es demasiado para ella. De repente, estampa su mano en mi rostro tan rápido que ni siquiera me da tiempo suficiente de detenerla— ¿Me quieres? ¿Alguna vez lo hiciste? —hace un segundo intento de golpearme aunque esta vez puedo detenerla agarrándola por las muñecas, siento la mirada de todos los oficiales de la estación de policía, ya nadie está atento a su trabajo prestan más atención al show que se está teniendo lugar frente a ellos y del cual pase a ser protagonista.

Alma AprisionadaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora