Un día, Apolo recorría el cielo en su carruaje, despertando al sol y dejando tras de sí un sendero de luz. Al descender a la tierra, se detuvo en un hermoso jardín; solo deseaba descansar por un momento.
La brisa era suave y el día parecía perfecto. Sin embargo, todo se volvió aún más hermoso cuando la vio: una ninfa jugueteando entre las aguas del lago, con una sonrisa que iluminaba el lugar.
Al notar su presencia, ella corrió y, de pronto, se transformó en delicadas flores que flotaban sobre el agua. Pequeños pétalos rosados y diminutas hojas verdes adornaban el lago como una joya de la naturaleza. Apolo sonrió al verla tan tiernamente avergonzada.
—Acércate —le dijo con dulzura.
La ninfa se elevó sobre el agua y se acercó con cautela, mirándolo con curiosidad.
—Soy Apolo —pronunció él.
Ella lo observó sorprendida y confundida.
—¿Qué haces aquí, dios del sol? —preguntó.
—Solo descanso un momento, dulce ninfa. ¿Quién eres tú?
—Clythia, mi señor —respondió ella con una sonrisa llena de entusiasmo.
Desde aquel día, Apolo la visitó cada vez que terminaba de despertar al sol. La observaba bailar junto al lago mientras él, con su música divina, le dedicaba las melodías más hermosas.
Poco a poco, sus sentimientos crecieron. Era inevitable: un dios y una ninfa se habían enamorado. Pero aquel amor no era bien visto por Zeus, quien, aunque decía creer en el amor sin fronteras, no permitiría aquella unión.
Zeus llamó a Apolo y le ordenó que se alejara de la ninfa. Si no obedecía, acabaría con la vida de Clythia con su inmenso poder. Apolo, desesperado, no quería perderla ni verla sufrir.
Esa misma noche, fue a escondidas al lugar donde ella se encontraba.
—He hablado con Zeus —le confesó con tristeza.
Clythia no se asustó. Lo miró con comprensión y le sonrió suavemente.
—Prefiero morir antes que vivir el resto de mi vida lejos de ti.
Apolo la abrazó con dolor y amor. Le confesó cuánto la amaba y, con el corazón roto, se despidió de ella.
Al amanecer, después de despertar al sol, Apolo regresó por última vez a aquel jardín. Clythia lo vio, corrió hacia él y lo besó dulcemente. Apolo jamás olvidaría la suavidad de aquellos labios ni la emoción de aquel instante.
Una lágrima resbaló por el rostro de la ninfa.
—Está bien —susurró—. Empecemos.
Entonces, Clythia se transformó en una flor maravillosa: rosada, delicada, de tamaño mediano y con un dulce aroma que llenó todo el jardín. Así se convirtió en la flor más hermosa de aquel lugar, su nueva forma eterna.
Desde entonces, aquella flor fue la más amada por Apolo, porque en ella seguía viviendo el alma de Clythia. Cada día, el dios del sol regresaba al jardín, la contemplaba con ternura y besaba sus pétalos, cuidándola como su tesoro más preciado.
—Clythia, perfecta ninfa, fiel a su amor —susurraba Apolo.
Y juró no olvidar jamás aquel nombre, ni el amor puro y sincero que había sentido por ella, un amor tan profundo como nunca antes había conocido.
