La manera más extraña para conocerse, es a través de cartas. Julián y Myrna se conocen gracias a Clara, compañera del colegio de Myrna; quien recibía correspondencia de Julián, y ésta las entregaba a su compañera.
Las circunstancias y el tiempo hic...
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No sabía cómo sentirse al respecto, puesto que las emociones traducidas en sensaciones que recorrían su cuerpo parecían ser tantas que no era del todo posible identificarlas; en conjunto con todo, la sensación térmica era de algunos grados más abajo que cero. Ese frío reflexivo, llegando en el momento exacto para tan maravilloso cóctel.
Eran alrededor de las tres de la mañana, habían pasado la noche entera velando las estrellas, encontrando constelaciones enteras, inventándose nuevas; la luna alumbraba perfectamente el escenario. El momento, la circunstancia y el lugar encajaban de tal manera que nada sobraba, nada faltaba. Ambos resultaban excepcionales allí, tan a solas y tan acompañados por el todo—decía él—.
—¿Qué es todo? —preguntó Myrna, afín de entender el contexto en que Julián había dicho aquello.
—Esto. —respondió él.
Aquella respuesta la había dejado en el mismo lugar. Los minutos corrían, pero lo hacían de una manera distinta; era un momento perfecto por el solo hecho de haber sido tan esperado, anhelado. Resultaba prometedor lo que ocurriría a partir de ese momento. Hacía apenas unos meses la sola posibilidad de compartir siquiera el mismo espacio geográfico resultaba, no imposible, pero sí lejano; y esa lejanía había llegado.
Todo se encontraba en calma, desarrollándose de manera armónica, como lo venía haciendo desde la primera vez que ambos pudieron tomarse de la mano, confirmando todo lo que desde hacía tiempo se había estado formando entre letras, tinta y promesas sin sustento más allá de la probabilidad. La recamara tenía una ventana enorme que daba al patio, que en realidad era todo un bosque lleno de pinos y vegetación del clima templado. Hacía frío, puesto que el invierno estaba por llegar, aunque de los árboles aún se desprendían hojas. Myrna se sentía justo así: no cayendo, pero sí desprendiéndose. Julián estaría próximo a llegar, seguramente estaría de vuelta en casa dentro de algunas cuatro horas. Antes de eso, debía cocinar, meter algo de leña para tener la casa a una temperatura agradable, recoger la habitación de ambos y arreglarse para verse bonita, deseable: con un vestido en color rojo de escote pronunciado, un abrigo blanco que acentúe su figura, zapatillas negras y lencería de encaje debajo de todo aquello.
Los pasos a través del piso de madera eran pronunciados con aquellos lindos tacones negros. Habían llamado a la puerta, intentaba ir lo más rápido que podía con esos incómodos zapatos, miró al reloj que colgaba de la pared justo en frente de la enorme chimenea. No estaba segura de que fuese su esposo, pues faltaba poco más de una hora para que llegara.
—Quiero perderme en ti. —fueron las primeras palabras pronunciadas por Julián, antes que un saludo. Las palabras de este hombre, desde que Myrna recordaba, solían tener un sentido poético, e incluso metafórico.
Después de observar a su mujer por un instante, se dispuso a entrar en la casa, el clima era ideal, sobre todo dentro, puesto que resultaba cálido, como debía sentirse un hogar.