Cuentas pendientes y hilos rojos

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Estaba JJ recogiendo el desorden que sus hijos habían dejado en la sala cuando sintió que unos fuertes brazos la tomaban por detrás y unos labios comenzaban a besarle el cuello.

—Spence... Alguien podría entrar —dijo Jennifer con voz entrecortada—. Recuerda que tenemos visitas.

—Unas que ya se fueron —dijo Spencer entre besos—. Aaron y Beth se llevaron a los chicos hasta mañana. Algo de llevarlos a ver una película o algo así...

—Aun así debemos cuidarnos —dijo Jennifer, girándose para verlo—. No queremos sorpresas de nueve meses...

—Te estás cuidando —dijo Spencer, mirándola con una sonrisa traviesa—. En un par de semanas va a ser definitivo. ¿Por qué no nos podemos divertir?

—Por eso mismo. Esperemos, y así nos divertimos sin problemas —dijo Jennifer seriamente.

—Claro, como esta vez no eres tú la que empezó —dijo Spencer seriamente—, y como solo soy tu juguete sexual, no te importa lo que quiero.

—¿Cuál juguete sexual? —dijo Jennifer, entre seria y divertida por el comentario—. ¿De qué hablas, Spencer?

—Desde que estamos juntos me convertiste en tu juguete sexual —dijo Spencer mirándola—. Cuando quieres usarme, simplemente me acorralas y te aprovechas de mí.

—¡Eso es mentira! —dijo Jennifer seriamente—. ¿Y eso de que me aprovecho de ti? Que yo sepa, siempre estás dispuesto, ¡nunca te has quejado! ¡Dame un ejemplo de eso!

—De hecho tengo varios —dijo Spencer sonriendo—. La primera vez que estuvimos juntos: yo iba a irme a mi casa, pero tú me acorralaste contra la pared de la entrada y no me dejaste ir hasta la mañana siguiente. La siguiente vez estábamos en mi departamento, yo me estaba bañando y tú nos encerraste a ambos; tuve la ducha más larga de mi vida hasta ese momento, de hecho llegué tarde a entregar unas cosas a la universidad. En otra ocasión también estábamos en mi departamento, supuestamente fuiste a despertarme porque me quedé dormido en el sillón y resultó que ninguno volvió a la habitación aquella noche. En esa misión en Minnesota, de alguna forma evitaste las cámaras de seguridad y te metiste a mi habitación, que por suerte estaba en un nivel diferente a los demás. Otra más, cuando fuimos a visitar a mi madre una semana y solo la vimos dos veces porque de resto me retuviste en nuestra habitación. Cuando concebimos a Andrew, íbamos a dejar unas cosas en mi viejo departamento y terminamos de nuevo en el sillón. Una vez más en el departamento de Aaron cuando cuidábamos a Jack mientras ellos salían a comer... Si quieres sigo...

—Ya entendí —dijo Jennifer seriamente—, pero nunca te opusiste. ¡Siempre estuviste de acuerdo! No sé de qué te quejas...

—Para nada me quejo —dijo Spencer, fingiendo seriedad—, solo que cuando tú quieres está bien si te cuidas o no, pero si soy yo quien te acorrala, te niegas.

—Spence... —dijo Jennifer sonriendo, y lo besó—. Tienes razón, hay que disfrutar que estamos solos.

—¿Sabes qué...? —dijo Spencer mientras subían por las escaleras sin soltarse.

—¿Qué? —dijo Jennifer, besándolo.

—Amo que me uses como tu juguete sexual —dijo Spencer sonriendo mientras le quitaba la blusa.

—Y yo que lo seas —dijo Jennifer, empujándolo a la cama.

No sabían cuánto tiempo estuvieron juntos ni cuántas veces lo hicieron; solo estaban seguros de que lo habían disfrutado como nunca. Llevaban desde el séptimo mes de embarazo de Jennifer sin estar juntos, y su pequeña ya iba para su segundo mes: eran muchas ganas contenidas.

Una vida juntos. (Editado)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora