"A donde estoy yendo..."
Estás yendo a dónde perteneces
"Quienes sois"
Unos monstruos que te han estado esperando durante demasiado tiempo
"Qué soy"
Ahora mismo, eres una mentira
Historia original de mi canal de YouTube que está siendo adaptada a Wa...
"Let me sing a lullaby As you close your eyes And as you're drifting off to sleep How I hope that the dreams that you find Are bright"
Isabella's Lullaby, The Promised Neverland
Ese era el comienzo de la única nana que le cantaba una mujer a sus retoños, de ya un mes. Esa mujer estaba rota, el odio y el amor jugaban con su cordura utilizando la mejor arma, la traición. En ese momento solo estaba en sus brazos uno de los bebés,la más joven de los dos,que oscilaba entre el sueño y la realidad.
"Los hijos son el reflejo de los padres" Eso era lo que la hacía odiar a las dos bendiciones que se le habían otorgado tras tremenda blasfemia.
Su hijo, la viva imagen de un futuro hombre manipulador, distante, que no durará en utilizarla para llegar a lo que desea.
Su hija, la viva imagen de lo que será una víctima de gente como su hijo, a la que romperán en pedazos y dejarán morir en vida.
Pero no le importa, su madre es pecadora, su madre es abusada, su madre está rota, su madre se odiaba a sí misma, su madre quería acabar con su vida, era casi incapaz de sentir nada respecto a sí misma. Siendo los hijos iguales que los padres...¿No sería mejor cumplir sus deseos a través de ellos? Pero para suerte de esas pequeñas criaturas, en este momento el diablo no estaba hablando por ella, ahora era esa madre débil e inexperta que observaba a su bebé pensando en qué se convertirá, siendo sus deseos otros.
Que su marido la ame, que pudiese ver a su hijo varón por más de una hora sin recordar su fatídica realidad, que fuese capaz de sentir amor.
Que su hija aprenda lo que está mal, que los signos de rebeldía no la cieguen, que cuando se rompa en pedazos sepa acabar con su sufrimiento, que nunca se enamore.
Ese era uno de los pocos momentos en los que Christa divagaba en sus pensamientos olvidando su condición, escuchando el silencio de la mansión, como de costumbre, pero esta vez era total. No se oía los murmullos de los sirvientes, no se oía pasos golpeando el suelo de mármol, simplemente la leve brisa típica de un mes de diciembre.
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Quizá sus pensamientos la mantenían en estado de trance, puede que ese atisbo de esperanza era una droga que le permitía irse de ese cuerpo, podrían haber sido muchas razones, pero no estuvo alerta.
No estuvo alerta, no se inmutó ante el sonido de la ventana al romperse, no se dio cuenta del repentino llanto de su hija, no reaccionó ante el delicioso dolor de algo atravesándola, y sin saberlo estaba aferrándose a una niña de un mes mientras la sangre empezaba a teñir su delicado vestido blanco.