Legados, café y nuevas generaciones

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—¿Estás ocupada, mamá? —preguntó Eleonor, asomándose tímidamente al interior del estudio.

—Terminando unos informes —respondió Jennifer sin apartar los ojos de la pantalla—, pero pasa, Eli. ¿Qué necesitas?

—Hay algo que quiero preguntarte... —dijo la joven, sentándose con cautela frente al escritorio.

—¿De qué se trata? —continuó tecleando Jennifer.

—Es complicado... —murmuró Eleonor, esquivando su mirada—. ¿Cómo supiste que estabas enamorada de papá?

—Esto... —Jennifer se detuvo en seco, visiblemente sorprendida—. Sé que te molesta que te responda con otra pregunta, pero dime: ¿esto tiene que ver con Sean?

—Decirte que no sería mentirte sin motivo —admitió la chica, mirándola de frente—. Sean es la razón de mi duda.

—De acuerdo —suspiró Jennifer, guardando su documento—. Antes de responderte, hazme tú una a mí: ¿le hiciste esta misma pregunta a Spence?

—Lo intenté, pero es como preguntármelo a mí misma —sonrió levemente Eleonor—. Muchos caminos, ningún destino claro.

—Creo que tengo una idea —rió su madre con ternura—. ¿Qué te parece si tenemos una tarde de chicas? Te responderé todas las preguntas que tengas... lo mejor que pueda.

—¿Qué pasará con Andrew y papá? —preguntó Eleonor con seriedad—. ¿Los dejaremos solos toda la tarde? ¿Qué comerán?

—Se las pueden arreglar un par de horas —respondió Jennifer con una sonrisa—. En la nevera hay comida de la que tu abuela preparó ayer, y si no quieren, pedirán una pizza como siempre.

—Siendo así, una tarde de chicas suena perfecta —sonrió la joven—. Iré por mis cosas.

Antes de salir, Jennifer dejó una nota escrita sobre la encimera para que su esposo e hijo la vieran al llegar.

—¿A dónde vamos? —preguntó Eleonor mientras su madre encendía el motor del auto.

—Hay un restaurante al otro lado de la ciudad que tiene una sección de postres increíble —explicó Jennifer—. Podemos comer todos los que queramos, y si nos quedan ganas, pediremos para llevar.

—Algo me dice que hoy romperás la dieta —bromeó Eleonor riendo—, y apuesto a que la tía Penélope fue quien descubrió este «lugar de la perdición».

—De hecho fue Ryan —corrigió Jennifer entre risas—. Tuvieron un almuerzo de trabajo allí y, bueno, el resto es historia.

—Se lo agradeceré después —sonrió la joven—. Ahora siento un poco de culpa por papá y Andy; ellos comiendo sobras recalentadas, mientras nosotras nos devoramos las mejores delicias dulces.

—Me aseguraré de llevarles algo para que nos perdonen.

Mientras tanto, en la casa de los Reid-Jareau...

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? —preguntó Spencer al entrar, encontrándose con un silencio absoluto—. ¿JJ? ¿Eleonor?

—No hay nadie, papá —respondió Andrew bajando las escaleras—. El auto de mamá no está y ya revisé toda la casa. Seguro decidieron tener una tarde de chicas.

—¿Por qué lo dices con tanta seguridad? —frunció el ceño Spencer.

—Encontré esta nota en la nevera —dijo el chico entregándole un papel.

«Volveremos tarde. Hay comida en la nevera. Los amamos, JJ y Eli».

—Supongo que entonces tendremos una tarde de chicos —concluyó Spencer tras leerla—. ¿Alguna sugerencia de plan?

Una vida juntos. (Editado)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora