Veinticinco

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Cuando ya iban de vuelta a casa, la escena que protagonizaban era muy interesante. Amelia y Tom llevaban al pequeño Benjamin en medio de ellos, tomándolo de las manos, mientras lo escuchaban conversar sobre algo que no entendían bien, pero que a ambos les parecía cómico.

Al llegar, la madre del niño ya estaba en la casa.

—Hola, Cynthia... —Saludó Amelia.

—¡Mamá! —gritó el niño corriendo a abrazar sus piernas.

—Cynthia, quiero presentarte a Tom.

El inglés se acercó a la mujer, estrechando su mano.

—Un gusto, soy Cynthia Blake, era amiga de Anya...

—Sí, Amelia me lo comentó. Soy Tom Hiddleston...

—Discúlpame, pero tu cara me parece muy familiar, ¿sales en la tele o algo?

—Es actor... —dijo Amelia—. Quizás lo viste en alguna cinta...

—Oh sí, ya veo... —habló Cynthia haciendo memoria—. A mi marido le gustan tus películas; estará emocionado de conocerte. ¿Te quedarás? Vi tu maleta.

—Si no fuera mucha la impertinencia...

—Claro que no, Amelia tiene una cama grande, pero hay otra habitación arriba por si acaso...

Tom miró a la mujer a su lado.

—Creo que prefiero darle su espacio... —dijo Tom.

—La otra habitación será entonces, ¿cómo estuvo el viaje hasta aquí? —preguntó caminando hacia la sala e invitándolos a seguirla.

Amelia pellizcó a Tom, ante lo cual el británico se quejó, mientras una sonrisa minúscula lo acompañaba. Lo miró con una expresión que parecía preguntarle quién se creía que era.

—Muy agotador, los aviones no son lo mío... y definitivamente pienso que Inglaterra debería estar más cerca de Estados Unidos...

—Debes estar exhausto, voy a pedir algo de cenar para que Richard pase a recogerlo, ¿qué les gustaría?

—De hecho, en este momento lo único que desearía es un té, si es que fuera posible...

—Yo lo prepararé, permiso... —dijo Amelia caminando hacia la cocina.

—Te ayudo. —Tom se puso de pie.

—No te preocupes, Thomas... —habló tomando su mano—. Has viajado mucho para estar aquí... Descansa y conversa con Cynthia, es adorable...

Tom la miró fijamente y arregló un mechón de su pelo, escondiéndolo detrás de su oreja.

—Está bien, moró mou, lo que tú digas...

La chica desapareció de su vista cuando se metió en la cocina, y el londinense se sentó frente a Cynthia.

—Esto es terrible, no entiendo cómo se sostiene de pie. —murmuró Tom mirando a la dama.

—Yo no la he visto llorar mucho... pero me dijo que no pudo parar de llorar durante todo el viaje hasta aquí...

—Llorar es bueno... —Intentó explicar él—. Yo perdí a mi madre cuando era un niño y lloré mucho. De cierta manera eso me ayudó.

—Yo también perdí a mis padres... —recordó ella—. Y tienes razón, llorar también me ayudó.

Amelia entró a la sala un rato después y sirvió té para los tres.

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