No está bien, de ninguna manera, porque por alguna razón desconocida en algún momento mis brazos se fueron a los hombros de Viperion y yo correspondí a este inesperado beso.
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Sostuve mi estómago mientras soltaba un jadeo entrecortado. El golpe había sido más fuerte de lo que esperaba, y la prueba estaba justo frente a mí: un pequeño crater, marcando el lugar donde había aterrizado. Aunque el dolor me recorría el cuerpo, no podía culpar a Chat Noir. Al fin y al cabo, había visto el miedo en sus ojos, esa mezcla de sorpresa y confusión que mi acción había desencadenado. Dudo mucho que siquiera pensara en la fuerza que había empleado al usar su bastón; solo quería alejarme, huir de lo que había sucedido entre nosotros.
Había sido una imprudencia dejarme llevar por mis impulsos, lo sabía. Pero, por extraño que pareciera, no me arrepentía. Aquel beso robado, fugaz y atrevido, había sido sin duda lo más emocionante de la noche.
Quería explicarme, encontrar las palabras adecuadas para hacerle entender lo que sentía, pero tal vez este no era el momento. Recorrer París sin rumbo, esperando encontrarme con el pequeño gato, no parecía la mejor idea. Además, ahora que estaba solo, debía mantenerme alerta. En cualquier momento podía surgir un problema, y no podía darme el lujo de distraerme.
Regresé lentamente hacia la banderilla y me dejé caer contra ella, cerrando los ojos por un instante. Necesitaba poner en orden mis ideas, aunque fuera difícil. No me arrepentía de lo que había hecho, pero sabía que tal vez había arruinado cualquier oportunidad que pudiera tener con él, si es que alguna vez existió. ¿Qué posibilidades había de que Chat Noir no se alejara de mí después de esto? Incluso si luchábamos juntos en otra batalla, seguramente encontraría la manera de esquivarme, de escabullirse como el felino que era.
Enamorarme de Chat Noir había sido tan repentino como confuso. No era su género lo que me preocupaba; hacía tiempo que había descubierto mi bisexualidad, y hasta había tenido un romance fugaz con un chico de mi instituto. Incluso mi familia me apoyaría, lo sabía. Pero el problema no era ese. El verdadero obstáculo era él, su corazón. ¿Cómo podría aceptar mis sentimientos si estaba perdidamente enamorado de la heroína de París, Ladybug?
Podría aferrarme a una ligera esperanza, a esa posibilidad de que Chat Noir, en algún momento de nuestro beso, me hubiera correspondido. Pero también existía la chance de que todo hubiera sido un acto impulsivo, producto de un momento de vulnerabilidad en el que él no supo cómo reaccionar. Quizás no había significado nada para él, y esa idea me desgarraba por dentro.
Golpeé la barandilla con mi puño, ignorando el dolor punzante que recorrió mi mano. Necesitaba canalizar de alguna manera el torbellino de dudas que nublaba mi mente. Me levanté con determinación y me dirigí hacia la Torre Eiffel, ese ícono de París que parecía alzarse como testigo silencioso de tantas historias de amor y desamor. Me acomodé en una de sus estructuras de metal, sacando mi arpa con cuidado. Mis dedos comenzaron a deslizarse sobre las cuerdas, interpretando una melodía triste pero llena de matices, como si a través de la música pudiera transmitir esa pequeña esperanza que aún guardaba en mi corazón.