Capítulo XVIII. La memoria (primera parte)

22 3 0
                                        

Sasuke abrió los ojos y se encontró a Sasuke Uchiha con los globos oculares inyectados en sangre, unas ojeras hasta los pies y su maravilloso pelo hecho una pena. A su alrededor se arrugaba una seda con puntillas, a la cama en la que estaba tendido solo le faltaba ponerse a latir y todo era de un horrible, repugnante, vomitivo y espantoso color rosa.

Puta mierda de espejos en el techo.

Buena parte de sus jugos gástricos ascendió por su esófago con intenciones de salir disparada al exterior y expresar su opinión sobre decoración de interiores, pero lo que halló a su izquierda le curó de todos sus males. Naruto dormía sobre su hombro, con el flequillo posado en su clavícula y su respiración acariciando su piel desnuda.

Procurando no despertarlo, lo atrajo más hacia sí y lo estrechó contra su pecho. El Uzumaki emitió un par de ruidos extraños y se dejó abrazar sin abrir los ojos, amoldándose perfectamente al cuerpo de Sasuke.

Tal y como dormían cuando aún estaban en Aquel Lugar.

Satisfecho, acopló sus caderas, detectando en su compañero una deliciosa erección matutina que hizo pulsar la suya. Cada segundo que compartía con él era precioso: noche tras noche, se dormía ignorando si vería otro amanecer. Y qué decir de tantos meses de soportar tormentos que el propio Infierno no habría concebido, recurriendo a todo su autocontrol para no saltar sobre su amigo y devorárselo vivo. Pero aquello requería de toda su entereza; si se precipitaba manifestándole sus sentimientos, era probable que se asustase o lo rechazase.

Incluso sabiendo, como Sasuke sabía, que, en todos los universos y eternidades posibles, Naruto siempre lo querría.

Un ronquido vibró contra la parte baja de su cuello.

—Dobe.

El ruido cesó y unas motas doradas aletearon sobre los ojos azules, hasta que estos se enfocaron en él y el futuro Hokage de Konoha despertó con una amplia sonrisa.

—Buenos días.

Sus labios estaban muy cerca, tanto que más tarde no fue capaz de recordar si alcanzaron a rozarse porque, en la quietud de la rosada habitación del amor, un aullido similar a una sirena antiaérea hizo que la tapa de sus sesos diese un brinco en sus cráneos.

—¡Joder!

—¿Qué es eso?

—¿Y yo qué demonios...?

—Señoras y caballeros, o señoras y señoras, o caballeros y caballeros, o humanos y criaturas irracionales que hayan empleado nuestro establecimiento para su disfrute de cualquier tipo: su tiempo de permanencia aquí ha finalizado. En el caso de que deseen prolongar su estancia, depositen la cuantía requerida en la ranura que hay al lado del cuadro de tarifas, por favor. En caso contrario, otra advertencia de análogo tenor y decibelios volverá a deleitar sus oídos en diez minutos.

La gangosa voz femenina, de sospechosa semejanza a las que anuncian ofertas y descuentos en los grandes almacenes, liquidó su declaración con un carraspeo. Cinco minutos bastaron para que Naruto y Sasuke saliesen a toda prisa del cuarto y estuviesen respirando ya el aire puro y cortante de la madrugada.

—¡A quién se le ocurre! ¡Escogiste una habitación por horas!

—Financiadas por la barriga de Gama-chan, no seas exigente —protestó el rubio, mientras los tres se encaminaban a la salida de la aldea, terminando de abrocharse los pantalones (a excepción de la rana)—. El día que lo costeen tus misiones, ocuparemos unos aposentos dignos de un Uchiha. Entretanto, te conformarás con lo que podamos permitirnos, teme.

—No habrá más misiones —La voz fue seca—. La Hokage nunca confiará en mí.

—Hablé sin pensar. Lo siento, Sasuke.

HOLLOWDonde viven las historias. Descúbrelo ahora