Tormentas pasajeras y treguas azucaradas

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Desde que nacieron, el parecido de Andrew y Eleonor con sus padres era más que evidente. Con el tiempo, esa similitud no solo abarcaba lo físico, sino también su forma de ser: Andrew era idéntico a Spencer, pero su carácter era muy similar al de su madre; en cambio, Eleonor era el reflejo exacto de Jennifer, aunque su personalidad recordaba por completo a la de su padre.

Era por eso que Andrew y Jennifer solían compartir muchas actividades juntos y a veces se perdían por horas, mientras que Eleonor pasaba gran parte de su tiempo libre conversando con su padre de diversos temas o recorriendo librerías en busca de ejemplares para ampliar su colección.

Una tarde, mientras Jennifer le enseñaba a cocinar a Andrew, Eleonor estaba en el estudio leyendo junto con su padre. Cuando coincidían con el mismo título, Eleonor prefería la versión digital, sabiendo que su padre aborrecía esos formatos. Una vez que terminaron de leer, intentaron discutir sobre la trama, pero lo que rara vez ocurría sucedió: terminaron discutiendo acaloradamente.

Un par de minutos después, Jennifer los llamó a comer. Cuando ambos salieron al pasillo, era evidente que el mal humor los envolvía.

—¿Todo en orden? —preguntó Jennifer, mirando de reojo a su esposo y a su hija.

—Como siempre. Bien —respondió Eleonor con frialdad.

—¿Estás segura, Eli? —inquirió Andrew, observándola con cautela.

—¿Acaso tú sabes algo que yo ignore, ARJ? —espetó ella a la defensiva.

—Olvida lo que dije —zanjó Andrew con seriedad.

—Spence... —murmuró Jennifer, dirigiendo su atención a su esposo.

—No pasa nada, JJ —sonrió él con una mueca forzada.

Por el tono de Spencer, Jennifer supo de inmediato que estaba de mal humor; solo la llamaba «JJ» cuando no quería seguir hablando del tema, por mucho que su expresión intentara disimularlo. Así que decidió no insistir; tarde o temprano, alguno de los dos terminaría contándole qué ocurría.

—ARJ, ¿puedes llevarme al centro? —soltó Eleonor apenas terminó de comer.

—¿Qué vas a hacer allá? —preguntó su hermano extrañado.

—¿Sí o no? —cortó Eleonor con dureza—. Si no puedes, dilo y pido un taxi.

—Yo te llevo —suspiró Andrew resignado.

—Gracias —dijo ella sin suavizar el gesto.

Media hora después, Andrew conducía hacia el centro de la ciudad. Desde que salieron de casa, Eleonor no había pronunciado una sola palabra, limitándose a mirar el paisaje a través de la ventanilla.

—Déjame frente al restaurante de Vitto's —pidió finalmente.

—Por supuesto —asintió Andrew buscando dónde estacionar—. ¿Necesitas que te espere?

—Regresaré sola. Gracias.

—Es un placer, ERJ —sonrió él intentando aligerar el ambiente.

En cuanto bajó del auto, Eleonor caminó hacia el parque ubicado unas calles atrás del restaurante. Necesitaba respirar y poner en orden sus pensamientos. Odiaba discutir con su padre, pero ser tan parecidos a veces se convertía en una bomba de tiempo; por eso solía evitar ciertos debates con él, y cuando no podía hacerlo, siempre agradecía que su madre o alguien más interviniera para poner paz.

Sin darse cuenta, sus pasos la condujeron al único lugar donde siempre se sentía a salvo cuando sus padres no estaban disponibles: la casa de Emily Prentiss.

Una vida juntos. (Editado)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora