Capítulo 2

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—¡Díaz!

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—¡Díaz!

Mi cabeza rebotó contra el banco y gemí de dolor mientras me sobaba la frente. La clase entera estalló en risas. Maldición, me había quedado dormida y ahora el profesor de historia estaba furioso. Sus ojos parecían lanzar chispas y si las miradas mataran ya estaría bajo tierra.

—¿Escuchó algo de lo que dije en toda la clase? –preguntó exasperado.

Abrí la boca para decir alguna respuesta vaga, pero fui salvada, literalmente, por la campana. Recogí mi cuaderno de dibujos y lo cerré, cansada de lidiar todos los días con el mismo tema. Leticia y Micaela me interceptaron apenas abandoné mi puesto.

—¿Estás bien? —Leti me observaba haciendo una mueca.

Acomodé la mochila en mi hombro y asentí incómoda, pasando el cuaderno bajo mi brazo. Micaela mecía su pelo, era su forma de hacerte saber que estaba molesta. Me lanzó una mirada tajante.

—Ema, ¡ya basta! Has estado toda la semana con la cabeza en otra parte, durmiéndote en clases y garabateando tonteras —soltó.

—Son dibujos —me defendí.

—No te estamos criticando —intervino Leti—, sólo que nos preocupas.

Las observé en silencio. Las conocía de toda la vida; siempre habíamos sido las tres. Micaela y Leticia eran hermanas, aunque no lo parecían en absoluto. Leti era morena, de ojos cafés y pelo negro que siempre llevaba en una cola, mientras que Micaela lo tenía castaño con reflejos rojizos y ojos verdes. La primera era más tímida y sutil, a diferencia de Mica, que era testaruda y realista. La soñadora y la lógica.

Di un paso hacia atrás y ajusté la tira de mi mochila.

—Estoy bien, chicas, es sólo que no he dormido bien estos días.

No parecieron convencidas, pero no me presionaron más. Sabían que no serviría de nada. Leti apoyó su mano en mi hombro, obligándome a mirarla.

—Cualquier cosa, puedes contar con nosotras —dijo en voz baja, antes de irse seguida por su hermana.

Observé como desaparecían entre el mar de estudiantes que se dirigían hacia la salida y suspiré. Le eché una mirada de reojo a mi cuaderno y decidí marcharme cuanto antes.

Tenía muchas cosas que hacer.

/./

—¡Ema! ¿En qué estás? ¡Aún no vienes a almorzar y tu mascota te está esperando!

Solté el alambre que estaba moldeando con sumo cuidado y bajé antes de que gritara más fuerte. Recién había llegado y la señora Carmen ya me estaba retando. Un humeante olor a pasta inundó mi nariz apenas llegué al primer piso, logrando que destensara mis hombros un momento. Capitán corrió desde la cocina a saludarme.

—Hola hermoso —lo saludé.

Me agaché para quedar a la altura de su cabeza y, sin darme tiempo para apartarme, lamió mi cara. Pocas veces mi cuidadora me dejaba entrar a mi pastor alemán todo sucio, pero dado que estaba histérica por la desaparición de mi papá y lo poco que sabíamos, dejaba que durmiera adentro y nos hiciera compañía.

Libro X (Protegida/Protector)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora