Sus ojos estaban clavados al mural con incontables colores. No podía despegarse, y el mundo se le estaba cayendo a pedazos de tan sólo ver la pequeña firma que Roy se había encargado de hacer en la esquina inferior derecha, justo en la zona en donde la luz de la luna y el sol se cruzaban entre si.
Su cuerpo, eternamente venerado por el menor estaba retratado de manera detallada en la muralla, plasmado de diferentes pigmentos cuales estaban perfectamente ordenados de manera que sólo los más intuitivos pudiesen entender de qué se trataba. Reconocía sus propias curvas y colores.
Podía notar que así era cómo Roy Gaden percibía su tormentosa, pero placentera presencia.
Recordó en aquel momento, en que los ojos de su ex pupilo se llenaban de lágrimas, aquellos momentos en los que había tenido que consolarlo o ser consolada por el mismo. Su vida, su completa forma de ser y existir eran un tormento, y ella bien lo sabía estando enamorada de tan dulce delirio.
El azul tétrico y lleno de ira en sus ojos le impregnó de desconfianza, puesto que aquello más que invitación de consuelo parecía amenazada, y Gaden lo sabía perfectamente: la ira corrompía su cuerpo y en mil pedazos la transformaba.
"Roy, espero haber entendido bien tu carta y que esto haya llegado a tu dirección. Confío en que te encuentras bien, me encantaría saber que así es".
Dos lágrimas apenas acongojadas rodaron por sus mejillas. El dolor ni siquiera le permitía el llanto, más bien parecía inhibirlo, y triste, imaginaba el olor de sus ropas, la suavidad de su descuidada piel cubierta de aventuras de niño e historias de la adolescencia, y coincidentemente: las tonalidades que alcanzaba su voz al decirle que todo estaría bien.
Nada iba bien desde el día en que Roy Gaden entró al auditorio y tocó con ímpetu las teclas del indócil y viejo piano de cola. Desde aquella primera venida, todo en su vida parecía haberse ido abajo, mientras la vida del más chico progresaba con creciente éxito. Era un genio, y su simple manera de ser le había atraído consecuentemente hacia él: su pupilo.
Nunca había retornado el sentimiento de angustia que se presentaba cada vez que comenzaba a dormitar en la cama testigo de un amor impuro y un cariño robado. Junto a ella, descansaba el cuerpo lleno de juventud de su más que preciado acompañante. Sus cabellos caían alocados en todas las direcciones, y su pecho palpitaba del puro nerviosismo y el cansancio por querer complacer a una mujer llena de experiencias.
En su vida, ninguna aventura erótica había estado tan llena de significancia como aquella. Jadeante, resonaban en su mente los votos que hacía años había dicho en el altar, con su eterno amado mirando directamente a sus ojos.
Ardía en su pecho la sensación de placer culpable por los besos que sobre este Roy iba dejando; dolían como nunca antes las punzadas en su estómago, cuales agujas clavaran sus intestinos sin ningún tipo de cuidado; le entumecían las ansias por repetir una y mil veces las noches que con él pasaba, y sin filtro alguno: dejaba resonar el vaivén de su cuerpo sobre aquel íntimo, y arrogante joven pianista.
"Ya van casi tres meses desde que te fuiste, y comprendo si de alguna forma mi escrito te parece insípido, pero te pido que lo leas con calma y orden. Tal vez valga la pena".
Miró en ese momento las manos del hombre junto a ella, y revivió cada una de las historias que Roy atesoraba, cuales hablaban de cómo se había hecho cada cicatriz que presentaban sus delgadas y finas manos.
—Háblame de ella —se atrevió a decirle, con adorable lástima de abuela.
—Nos conocimos cuando ella tenía veinticuatro y yo veintitrés, ella fue de oyente a un ensayo de la orquesta de la que formé parte —hizo una pequeña pausa para mirar las teclas del piano que yacían expectantes bajo sus manos, y le dedicó a este una pequeña sonrisa plasmada de una profunda tristeza—. A veces pienso que habría disfrutado de mi matrimonio más allá de los dos años que duró si no fuese porque pasé la mitad de la relación buscando superarte.
ESTÁS LEYENDO
ADAGIO
Krótkie OpowiadaniaUn joven pianista y su antigua maestra del instrumento se amaron inoportunos, siendo un último encuentro, luego de años de separación, la única manera de disuadir los recuerdos de aquella prohibida época de sus vidas.
