Camino a los mundiales

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Amaba el quidditch, por eso jugaba como cazadora en el equipo de Gryffindor. Pero también amaba dormir.

Por fin llegamos a donde sea que estuviésemos yendo y empezamos a buscar un traslador. Entonces, alguien saludó al señor Weasley y se acercaron a conversar. Eran Cedric Diggory y su padre. Conocía a Cedric de vista, no habíamos interactuado más allá del partido del año pasado y jamás nos habíamos presentado formalmente. Al parecer, ellos también iban a ver los Mundiales. Mi mal humor por la falta de sueño se desvaneció.

—¿Son todos tuyos, Arthur? —preguntó el señor Diggory.

—No, solo los pelirrojos —aclaró el señor Weasley, señalando a sus hijos—. Ésta es Hermione, amiga de Ron —Hermione saludó con una sonrisa—, esta es Amira, también amiga de Ron…

—Buenos días, señor Diggory —dije con un asentimiento de cabeza, luego me giré hacia Cedric y extendiendo la mano a forma de saludo, le dije—: Pero tú me puedes decir Reina de mi corazón, como prefieras.

Cedric rió y, estrechando mi mano, me dijo:

—Hola, Reina de mi corazón.

Todos rieron y, en medio de las risas, alguien bufó.

—Y este es Harry —continuó presentando el señor Weasley— otro amigo de Ron.

El señor Diggory se emocionó y empezó a decir idioteces sobre el partido. No es que me gustara su actitud, pero tampoco estaba como los gemelos, que tenían una mirada asesina. Sí qué eran resentidos.

Luego tomamos el traslador; y, cuando estaba a punto de caer al suelo, Cedric me sujetó. Me di cuenta entonces que de cerca era aún más guapo.

Unos magos nos señalaron el camino hacia nuestro campamento. Cuando el señor Diggory y su hijo ya se iban, volteé hacia atrás y grité:

—Adiós, Cedric.

—Adiós, Reina de mi corazón —me respondió, gritando también.

Lo único que pude hacer fue reír, y cuando ya no me veía, me apoyé en Hermione.

—¿Cómo se puede ser tan hermoso? —Ella solo negó con la cabeza, sonriente—. Es tan amable, tan dulce, tiene esa personalidad Hufflepuff de osito de peluche y míralo, por favor, es guapísimo.

—No es tan guapo —dijo Fred, con un deje de molestia en la voz.

Giré a verlo, extrañada por su comentario. «Fred Weasley ¿Acaso estás… celoso? Qué divertido», pensé. Así que, con una sonrisita maliciosa, agregué:

—Claro que lo es. En Gryffindor no encuentras chicos así.

—¡Por supuesto que sí! —exclamó indignado.

—¿Quién, McLaggen? —sugerí, disfrutando ver cómo fruncía más el entrecejo—. Es guapo, pero también es un imbécil, así que no cuenta.

—No me refería a él —gruñó Fred.

—¿Entonces, quién? No conozco a nadie más… —dije sonriendo inocentemente.

Justo cuando iba a responderme, el señor Weasley anunció que habíamos llegado al lugar, poniendo fin a nuestra discusión.

—Ahora se va a deprimir por tu culpa —me habló George por detrás, sonriendo levemente—. Y yo también lo estaría, de no ser consciente de mi extrema belleza.

—Sí, George, sí. Lo que tú digas —le dije riendo, antes de acercarme a ayudar a armar las tiendas.

¿Tú también vas a Hogwarts?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora