¡Hola! Abigail, me acordé de mis inicios y decidí escribir esto.
Te miré como se mira lo imposible,
como si la vida, en un instante,
hubiera decidido tomar forma en tus ojos.
Y creí—con esa fe ingenua que nace del amor—
que la belleza también era verdad,
que lo que brillaba no escondía sombras.
No culpo al tiempo,
ni a los caminos que se bifurcan sin aviso;
todo lo que fue, tuvo su propia eternidad breve,
y en ella fui sincero cuando agradecí.
Pero hay despertares que no son suaves,
hay verdades que no llegan como luz,
sino como un filo que separa lo real de lo imaginado.
Hoy no te veo distinta:
te veo completa.
Y en esa totalidad descubro
lo que antes mi ceguera llamaba perfección.
Tal vez nunca fuiste lo que creí,
tal vez solo fui yo
quien decidió ignorar las grietas
mientras te llamaba infinita.
Elegiste lo que tus manos podían sostener,
lo que el mundo llama valor,
aunque el tiempo, paciente,
lo reduzca todo a polvo.
Y no hay tragedia en eso—
solo una verdad incómoda:
hay decisiones que delatan más que mil palabras.
Yo también elegí:
elegí no quedarme donde el alma se negocia,
donde el valor se confunde con lo material,
donde el corazón aprende a justificarse.
Porque amar no es perderse,
ni sostener lo que ya se ha vaciado por dentro.
Fuiste contradicción,
pero no un misterio:
fuiste aviso,
y yo decidí no leerlo.
Y en eso no hay grandeza,
solo aprendizaje.
No deseo tu caída,
pero tampoco ignoro
que cada quien termina habitando
las consecuencias de lo que elige ser.
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