Hitohito Tadano era un padre devoto.
Amaba a su esposa, Komi Shouko, con la misma intensidad que el primer día, y juntos habían construido una vida tranquila y feliz. No importaba que él fuera un beta y ella una alfa; nada de eso había sido un obstáculo para formar la familia que siempre soñaron.
Tenían dos hijos maravillosos: Kanna, su hija beta, inteligente y observadora, y Okuto, su querido hijo omega, sensible, amable y demasiado precioso para este mundo.
La primera vez que los sostuvo en sus brazos, Hitohito hizo una promesa silenciosa: protegerlos de cualquier cosa que pudiera hacerles daño.
Por eso, cuando un día Okuto llegó llorando por un amor no correspondido —y Kanna, después de insistir un poco, le explicó lo sucedido—, Hitohito decidió redoblar sus esfuerzos. Nadie volvería a romperle el corazón a su hijo.
O al menos, eso pensaba.
Hasta que, semanas después, alguien llamó a la puerta.
—¡Permítame cortejar a su hijo!
Un joven alfa de porte impecable y expresión decidida estaba de pie frente a él.
Matsumura Kosei.
Se presentó con toda la formalidad del mundo.
Y Hitohito, normalmente conocido por ser una persona amable y razonable, le cerró la puerta en la cara sin pensarlo dos veces.
Porque no.
Definitivamente no.
Okuto no necesitaba novio.
Era un chico sensible, especial y demasiado bueno para tener alfas revoloteando a su alrededor.
Hitohito no iba a permitirlo.
El problema era que Matsumura Kosei no parecía dispuesto a rendirse.
¡No te rindas, Matsumura!