A veces una historia nace con su final ya escrito en la mente del autor. Entonces todo lo que ocurre —los acontecimientos, el sufrimiento, los momentos felices y los sacrificios— se narra para llegar, por fin, a ese destino que ya existía en el corazón de la obra.
Reescribir ese final sería romper con la idea original y con la emoción que le dio sentido desde el principio.
Pero también hay historias que comienzan sin un final claro. En esos casos, el final es lo último que uno descubre: aparece cuando el camino ya fue recorrido y los personajes han mostrado hacia dónde debían llegar.
Por eso, no creo que cambiaría un final solo por cambiarlo. Si ese final nació con la historia, o fue encontrado honestamente durante el camino, entonces merece quedarse.