Orgullo Saiyajin vs Paternidad Morningstar
Lilith y Lucifer están escritos como figuras míticas, casi intocables, pero como padres son un desastre funcional.
Lilith literalmente:
abandona a su marido y a su hija durante siete años,
corta contacto sin explicaciones,
negocia con el Cielo y con Adán sabiendo que eso implica exterminios,
y cuando su hija casi muere… su reacción no es pánico ni culpa, sino fastidio porque le arruinaron su estancia en el Cielo.
Eso no es ambigüedad moral. Eso es desapego puro.
Y Lucifer… bueno, Lucifer es el típico padre que:
se autodenomina “víctima”,
se burla del sueño de su propia hija,
llama “escoria” a los pecadores que él mismo ayudó a crear,
se lava las manos de todo y culpa al sistema, al Cielo, a Adán, al universo… a cualquiera menos a sí mismo. No es un villano trágico: es un adulto inmaduro con complejo de genio incomprendido. Un payaso cósmico que convirtió sus errores en dogma y luego se sorprendió cuando todo salió mal.
Y lo peor: ambos abandonaron emocionalmente a Charlie, pero luego esperan que ella cargue con las consecuencias de sus decisiones. Eso no es paternidad difícil. Es negligencia maquillada de épica.
Ahora comparemos esto con el Bardock (Toei versión).
Un saiyajin. Un guerrero criado en una cultura violenta, sin valores humanos modernos, sin discursos sobre sistemas injustos.
¿Y aun así?
Bardock se preocupa por su hijo incluso antes de saber quién será.
Cuando entiende que Freezer va a destruir su planeta, intenta hacer algo, aunque sepa que va a morir.
No abandona por comodidad.
No se esconde en un “así es el sistema”.
No culpa a otros por lo que él eligió enfrentar.
Bardock no es perfecto, pero hace algo clave que Lucifer y Lilith jamás hacen: asume responsabilidad.
No llora por lo injusto del universo. No se vende como víctima. Pelea, fracasa, muere… pero no huye.