Buscando en cada rincón, se propone espiar a su musa,
sin mediar palabra, pues aquello provocaría su descenso.
¿Por qué tuvieron que romper al ser?
¿Por qué lo condenaron a vivir sin sentir de verdad?
¿Por qué su títere lo convirtieron sin retroceso ni afán?
Cupido, alimentando la necesidad del ser,
busca que anhele su piel, su voz, su presencia y su compañía.
Aquello se intensifica y corroe:
el mejor y el peor veneno existente.
El amar a alguien que no sabe que lo aman,
el anhelar a alguien con quien no se ha mediado palabra.
Los dioses, al ver tal fatídica escena, deciden darle calma al ser.
Apaciguan y drenan la lujuria y el deseo de él.
No arrancan su corazón, pues sería darle su muerte sin dejarle emoción.
Dejan sus sentimientos en pie, pero le aconsejan buscar su calma.
Aquellos sentimientos desbordados se vuelven paz en su acantilado.
El anhelo persiste, el sueño es fugaz.
Algún día, el ser lo llegará a lograr.