Los dedos rozaron la (in)sanidad hace años, apenas palpando la tela rota sobre la superioridad. Fascinante, embriagador, que refleja la luz como ninguna (o quizá la absorbe, o quizá simplemente está: depende del ángulo de la visión), esa tela llamaba a gritos ser explorada.
Pero claro, una atadura mantuvo impuesto el orden durante el tiempo insulso de paz, una vertiente detenida en el tiempo que pareció no avanzar jamás. No avanzaba claro, decrecía; se pudría tan intensamente que no hubo tiempo para darse cuenta de ello hasta que al fin su superficie porosa (peor incluso, que la misma tela) se rompió.
La atadura se desvaneció. Los dedos están cercanos nuevamente a la (in)sanidad, y la pregunta es, ¿podrán al fin, penetrar en el mundo tan tentador como horripilante? ¿O la cobardía será la nueva atadura?
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Pensando y pensando, nuevas historias.