Adelantito del capítulo del lunes:
—¡Vamos, Mikasa! —gritó Sasha desde el otro lado de la red, forzando una sonrisa exagerada mientras levantaba el puño—. ¡Muéstrales tu saque asesino! ¡Destrúyelos! ¡Que tiemblen ante tu poder!
El intento de ánimo flotó en el aire y Mikasa inhaló lentamente. Intentó concentrarse. Intentó regresar a su propio cuerpo, pero entonces, una punzada de ansiedad le recorrió la columna vertebral, fría y repentina, como un relámpago invisible. Sus dedos se tensaron alrededor del balón. Sus músculos respondieron con una precisión antinatural, perfecta... demasiado perfecta.
Y golpeó.
No fue un impacto normal, fue un estallido. Sintió un chispazo eléctrico recorrer su brazo, una conexión profunda y aterradora con cada fibra de su cuerpo, como si algo dentro de ella hubiera despertado sin permiso. El sonido no fue el habitual golpe hueco del balón. Fue una detonación seca. El balón salió disparado como un proyectil, cruzando la red a una velocidad inhumana. El aire silbó a su paso y rozó la oreja de Jean, quien apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el balón impactara contra la pared del fondo.
El cuero no rebotó, sino explotó.
Fragmentos de caucho y tela cayeron al suelo como restos de algo sacrificado, mientras una pequeña grieta se dibujaba en el concreto.
El gimnasio quedó en silencio. Un silencio absoluto.
—Mika... —susurró Sasha, mirando los restos del balón con los ojos abiertos como platos—. Creo que... creo que rompiste un poquitito el balón... y... bueno... casi matas a Jean...