Vanora había nacido princesa, sangre legítima, hija de un zar, criada entre mapas extendidos sobre mesas de roble, estrategias susurradas al amanecer y juramentos antiguos pronunciados con la mano sobre el acero. Le enseñaron a sostener un reino sin que le temblara el pulso, a leer traiciones en el leve titubeo de una voz, a reconocer el instante exacto en que un hombre mentía. Lo que nadie le enseñó fue a soportar la mirada de decepción cuando su vientre no cumplía.
No era estéril por descuido ni por fragilidad. Era un cuerpo que había luchado y había fallado. Había concebido, había sentido la vida crecer en silencio bajo su corazón, y también había sentido cómo esa vida se apagaba antes de ver la luz. Más de una vez. Demasiada sangre. Demasiadas manos que evitaban tocarla cuando el cuerpo pequeño dejaba de moverse. En el Kremlin nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían: la princesa no daba herederos, la esposa del zarévich no cumplía.