Me di cuenta de algo que cambió mi forma de ver las cosas:
mi tiempo es mío.
Mi tiempo es para mí y para las personas que realmente importan, no para quien solo sabe quejarse porque no le doy lo que cree que le pertenece. Nadie tiene derecho a exigir lo que yo decido regalar.
Durante mucho tiempo desperdicié mi tiempo en alguien que nunca supo darme el suyo. Yo ofrecía presencia, respeto, atención, amor sincero… casi mi vida entera. Y del otro lado solo recibía mensajes vacíos, inseguridades y ausencias. Le pesaba darme una hora de su día, pero no le pesaba querer darle lo suyo a otra persona.
Ahí entendí todo.
No dejé de amar por falta de sentimiento, dejé de amar por acumulación de decepciones. Por errores repetidos. Por no recibir nada cuando yo lo daba todo.
Hoy aprendí que mi esfuerzo es mío, que mi energía es mía, que lo que construyo me pertenece. Y que no todo se comparte, especialmente con quien no sabe cuidar lo que se le entrega.
Ahora sé que poner límites no es egoísmo, es amor propio.
Y que elegir guardarme no es perder, es empezar a respetarme.
—NC