A las orillas del cielo vivía un payaso,
decían que su pelo era colorado,
alguien especial con cerebro embaucado
pues no pensaba más allá de su propio prado.
Las cuatro paredes de su mente
eran un enigma sin tangentes.
Le llamaban artista trucado.
Pues bien dibujaba, pero algo extraño.
Pintaba el cielo de morado.
Las hojas de dorado,
el viento y tornados venían en anaranjado.
¿Y las sonrisas?
Con un pincel pelado,
las coloraba de cada tono conocido por el humano.
Buena vida la del payaso.
Pero hubo un problema,
amaba todo y tanto,
que estaba dispuesto a romperse por bien obrar.
Decían que el payaso lloraba estrellas en forma de perlas.
Qué bajaban por sus pómulos hasta caer a las piernas.
A cada persona que pasaba le entregaba una con devoción.
Fuerte le palpitaba su interior cuando sonreían con agrado.
Nadie se lo pedía, el las otorgaba.
Aún cuando se sometía a delirios con tal de sacarlas.
Pensaba en cielos celestes,
en mentes blancas.
En colores simples
y estrellas apagadas.
Imaginaba paisajes que nunca tocaron sus ojos.
Sonrisas falsas, cosas frías.
Un mar azul, las nubes blancas.
Su casa no estaba al revés,
sus ropas no eran anchas.
Pensó y pensó, hasta que un escalofrío consiguió.
Abrió los ojos y esa triste vida se dibujó.
Sus ojos ya no eran mágicos,
todo se veía tan monótono y real.
Hojas verdes, sol amarillo.
¡Qué cruel destino final!