ENTRADA 3 DE MI DIARIO PERSONAL
Durante mi etapa como estudiante, uno de mis amigos se llamaba Héctor. A él le sucedió una cosa que no sé demasiado bien si es buena o mala. Héctor era un hombre que pensaba diferente a los demás, lo cual en sí no se podría decir que era algo malo o bueno, aunque en su caso causaba más fricciones que pasiones. Lo que le sucedió es que, por una cosa que no recuerdo, se enemistó espectacularmente con una gitana. Conociéndolo, lo más seguro es que la culpa era suya. Como todo el mundo sabe, y espero no ser racista con esta asertación, las gitanas tienen poderes mágicos, y esta señora no era una excepción. Cuando sucedió, me encontraba en la terraza del bar de la plaza cercana a la facultad donde estudiaba: bebíamos cerveza, comíamos patatas fritas de bolsa, aceitunas y una tapa de tortilla, y hablábamos sobre el cine de Béla Tarr. Cuando, de pronto y sin previo aviso, apareció la gitana malencarada y le lanzó una maldición a Héctor. Lo que sucedió es que él comenzó a convertirse, a encogerse; plumas empezaron a nacer de su piel mientras la ropa caía flácida a su alrededor por la pérdida masiva de cuerpo. Entre los harapos que habían sido su ropa, surgió, entre las carcajadas de la gitana, mi amigo convertido en palomo. Todo en él era ave, menos la cabeza, que seguía siendo la misma de siempre. A pesar de que seguramente se merecía el castigo, mis ojos se llenaron de lágrimas. Pese a todo, Héctor no se vio afectado por su transformación, porque de pronto comenzó a perseguir a una paloma mujer. Hizo lo que hacen los palomos: inflar el buche, parlotear en la lengua de las palomas y dar vueltas alrededor de ella, intentando seducirla. Yo lagrimeaba, asustado y confuso al ver cómo mi amigo se adaptaba espectacularmente a su nueva vida como palomo. Recuerdo que dije algo como: «¡Héctor, tu humanidad!». Pero él no me hizo caso, porque lo único que quería hacer era perseguir palomas.