Había una vez un hombre que le encantaba soñar. De niño, tenía los sueños mñás maravillosos que te puedas imaginar: coloridos, emocionantes, absurdos, aventuras, emociones, dragones, castillos, mazmorras, grifos, cervezas, alemanes, campos, bacanales, vinos, franceses, epopeyas y mucho más. Pero cuando creció, se dio cuenta de que sus sueños continuaban siendo igual de buenos, incluso mejores. Era un hombre muy feliz que se casó con una mujer a la que hizo muy feliz, una mujer que siempre vestía de azul, incluso en entierros y funerales. Un día que paseaba de noche por la calle de una ciudad llena de delincuencia, una sombra le asaltó los sentidos desde la oscuridad de un callejón: se trataba de alguien que quería hacerle la confesión de que era su mejor amigo de la infancia, Mario, que había vuelto de la guerra después de alistarse como casi hace veinte años. Comieron percebes y bebieron champaña, lloraron, hubo abrazos y besos en la frente, promesas de amistades eternas y rollos del estilo. Una noche, llegó de improvisto a su casa porque el viaje de negocios a Turquía había sido retrasado a la semana pasada, por lo cual tuvo el placer de llegar antes de lo previsto a su casa, puesto que el viaje ya lo había hecho (fue un atraso retroactivo). Al aparcar delante de su casa, buena sorpresa se llevó al descubrir que la luz del dormitorio de su mujer estaba encendida y un coche que reconoció como el de su amigo Mario estaba aparcado delante de su casa. Se emocionó porque se imaginaba que le habían una fiesta de cumpleaños sorpresa porque aquel era el día en que había nacido hace ya un tiempo atrás.