La luna, plateada y majestuosa, se reflejaba en los cristales de las ventanas de la habitación, iluminando con su suave resplandor los contornos de los muebles de estilo antiguo. El silencio reinaba en aquel espacio, solo interrumpido por los tenues suspiros de la noche.
Sin hacer ruido alguno, la figura esbelta de la princesa Andrya se deslizaba entre las sombras, envuelta en un halo de misterio. Su presencia era casi etérea, como un sueño que se materializa en medio de la oscuridad.
La princesa avanzaba con cautela, sus pies descalzos apenas rozaban el suelo de madera, creando un suave murmullo que se perdía en el aire. Vestida con su bata de Batista, arrastraba sus pasos con gracia, mientras el tejido acariciaba el suelo en un susurro sedoso.
Su camisón de seda roja, sutilmente bordado con detalles dorados, parecía resaltar su belleza y encanto. La luz de la luna se filtraba por la ventana, acariciando su piel pálida y haciendo brillar el cabello oscuro, recién cepillado y perfumado con esencias florales.
Los aceites y perfumes que las hábiles manos de sus doncellas habían depositado en su melena, dejaban un rastro embriagador en el aire, llevando consigo la fragancia de un jardín en plena floración. Cada hebra de cabello parecía brillar con vida propia, como si la princesa hubiera capturado un pedacito del cielo nocturno en su peinado.
Sus labios, delicadamente pintados con una tinta carmesí profunda, evocaban la pasión y el misterio. Eran un destello en su rostro, resaltando el contraste con su piel nívea. Cada vez que la princesa sonreía, aquellos labios se convertían en el símbolo de un secreto ancestral que solo ella conocía.
Andrya avanzó con paso decidido hacia la cama de su hermano, donde reposaba tranquilo y ajeno al mundo que ella había dejado atrás. —¿Estás despierto?