/ esa risita de ella aún resonaba en el aire. Sukuna no se volvió. Su voz, baja y plana, cortó cualquier intento de continuar la provocación. Cállate. / No fue un grito. Fue una orden final, un decreto que congeló el espacio a su alrededor. La palabra, simple y absoluta, no dejaba lugar a réplica. Luego, el silencio. Un silencio que él reclamó como propio. En él, con una lentitud que era la verdadera respuesta a su burla, Sukuna observó de nuevo la fresa. La serenidad, ahora teñida de advertencia, regresó a sus facciones. Finalmente, se la llevó a la boca.