¿qué... acababa de pasar? toda la confesión en un solo momento, atacando cruelmente su interior inestable. maldita sea, apolo no era como él, pero podía llegar a romperlo de la manera más grotesca posible. sin obvias intenciones, igual, logrando el objetivo. la cabeza le empezó a doler y notó que estaba... se sentía... sus ojos... soltó un quejido antes de encajar una patada contra la mesa, tumbándola en el proceso. las hojas de color amarillo cayeron con ella, esparcidas en todo el suelo, como su alma vuelta pedazos. se contuvo por mucho tiempo, estaba notándolo, viendo qué pasaba realmente dentro de sí. el dolor hizo que volviera la vida, la necesidad sin fin de ser envuelto en el calor de un mañana despreocupado porque no se hallaba solo. ¿qué ocurría? preguntaba una y otra vez, era demasiado para él. sin embargo, en medio de la turbulencia entendió que la soledad que lo carcomía cada día... también necesitaba de alguien. al cabo de unos instantes, sus manos azotaron la puerta detrás suyo. empezó a maldecir por lo bajo, llegando al hasta donde apolo pensaba partir—. ¿por qué crees que puedes irte sin dejarme responder? ¡¿eh?! —recriminó, agitado por la desesperación brotando de su interior. empezó a reír de una forma extraña, como si estuviera conmocionado, adolorido. una de sus manos tomó de la muñeca al más bajo, arrastrándolo de regreso a pesar de la sorpresa y las quejas. de un empujón hizo que volviera al apartamento, cerrando la puerta de nuevo. ahora se perdía en la mirada confusa del contrario, pero dentro de ella se hallaban dos orbes temblorosos, a punto de quebrarse—. hijo de... —habló, dejando que la voz descienda hasta volverse incomprensible. extendió ambos brazos para atraer a apolo en un movimiento rápido, arqueando su cuerpo hacia adelante mientras escondía el rostro porque no quería... no quería que lo viera llorar después de todo.