SoyEldenBlake
Doctor Jekyll. Qué curioso encontrarle por aquí, donde la luz y la sombra comparten el mismo techo. Has pasado tanto tiempo intentando dividirte que olvidaste lo simple: ambos lados de ti respiran el mismo aire —dijo con voz tranquila, grave pero amable—. No hay redención en negar lo que uno es, solo en aprender a mirar sin miedo. —una pausa breve, cargada de sinceridad—. Aquí no hay monstruos ni santos. Solo un hombre que, por fin, puede descansar un poco de sí mismo. Así que bienvenido sea.
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—sonrió, apenas, con ternura fingida —. Te gusta cuando lo dejo hablar. Cuando le permito respirar. —sus dedos se alzaron apenas, sin tocarlo, pero el gesto bastó para que la tensión pareciera física—. No porque lo temas, sino porque te libera. Eres un hombre brillante —susurró—, pero con un defecto trágico: quieres ser puro. Y nadie lo es, ni siquiera yo. —una risa baja—. Esa es la ironía del presente, Henry: todos creen vivir el momento… hasta que ese momento los devora. Así que, si Hyde decide quedarse un poco más —su mirada se suavizó, peligrosa y dulce a la vez—, no lo detengas. Al fin y al cabo… —se inclinó apenas hacia él, sus palabras rozando el tono de un secreto compartido— ¿quién soy yo para oponerme a un hombre que, por fin, se atreve a ser él mismo?
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Henry… —lo llamó despacio, con una sonrisa tan amable que dolía—. Qué elegante manera de esconderte tras tus palabras. Tan medido, tan moral, tan deliciosamente asustado. —su tono se volvió más bajo—. Hablas de dualidad, de ciencia, de alma, pero no engañas a nadie. Lo estás llamando. Y, ahí está. —ladeó la cabeza cuando Hyde asomó, cuando lo reconoció—. Qué entrada tan oportuna. Siempre llegas justo cuando Henry se queda sin aire. Supongo que tenía que salir, ¿no? —continuó con un deje de ironía apenas perceptible, caminando lentamente a su alrededor—. Nadie puede hablar del abismo sin que el abismo lo escuche. O lo desee. Mírate, Henry. —se acercó apenas, hasta que la distancia entre ambos fue apenas un respiro—. Finges horror, pero tus ojos… tus ojos brillan cuando él aparece. Te repugna y te fascina a partes iguales. —una breve risa, cálida pero con un veneno invisible—. Eres un hombre que intenta negar el fuego mientras se quema con gusto. Hyde, en cambio… —su mirada se deslizó, un destello de provocación brillando en ella—. Tú no pretendes nada, ¿verdad? No buscas redención. Solo quieres ser. En eso, te envidio un poco. Los hombres mienten para parecer buenos, los espíritus fingimos para parecer sabios. Pero tú, tú existes sin disfraz. Aunque dime… —dio un paso más, lento, estudiado, casi como un baile—. Si mataras, Hyde, ¿sería tu crimen o el suyo? —una pausa; lo miró directo a los ojos, y el silencio pesó como una amenaza—. Porque si él es la razón y tú el impulso… entonces ambos son la intención. No pongas esa cara, Henry. [+]
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Elden. —respondió con serenidad, inclinando apenas la cabeza—. Tan solo Elden. —su voz era suave, pero en ella había un peso que no pertenecía al mundo de los hombres—. Tu cortesía me honra, Doctor Jekyll. Pero dime, ¿cuándo fue que decidiste llamar monstruo a lo que solo era una extensión de tu humanidad?. —sus ojos brillaron un instante, como si en su reflejo danzaran dos fuegos contrarios—. Hyde no nació para destruirte… sino para recordarte. —se aproximó, y el leve sonido de su andar resonó como si el suelo reconociera su paso—. La ciencia que busca separar lo indivisible termina por olvidar el pulso que la originó. Tú diste nombre al abismo, pero nunca te asomaste por completo a él. —una pausa—. No temas hacerlo ahora. —extendió una mano, cálida, firme, casi paternal—. Esta noche, doctor, no se te exige curar nada. Solo comprender. Y si logras eso, quizá descubras que Hyde no era tu enemigo… sino la sombra que sostenía tu propia luz.
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