SoyHarrietSterling

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SoyHarrietSterling

Harriet Vivienne Sterling (de soltera Dunne) nació en una familia acomodada, educada entre libros, modales refinados y silencios mayormente incómodos. Su familia, poseía fortuna, pero su influencia social se desmoronaba lentamente, como una mansión con grietas ocultas bajo una fachada pulida. Desde niña comprendió que el silencio era una herramienta tan poderosa como la palabra, y que la educación no era un lujo, sino una armadura.
          	  
          	  A los nueve años ya leía tratados de filosofía que ni sus tutores comprendían del todo; a los quince, sabía cómo desarmar una conversación con una observación cortés. Pero detrás de esa calma había una joven inquieta, fascinada por lo que no debía mirar: la libertad de los sirvientes, el caos de las calles, el fuego en los ojos de quienes no temían perderlo todo.
          	  
          	  Aprendió a leer antes de comprender del todo las emociones humanas, y tal vez por eso las estudió como quien analiza un idioma extranjero. Observaba a las personas para traducirlas en papel: sus gestos, sus silencios, sus mentiras suaves. 
          	  
          	  Durante su juventud, Harriet publicó bajo seudónimo pequeños textos en periódicos literarios. Nadie sospechaba que aquella autora que firmaba como H. V. Dunne, era una joven de sociedad que escribía sobre las grietas morales de la élite. Escribía de madrugada, cuando la ciudad dormía y la luna hacía de lámpara conspiradora.
          	  
          	  Sin embargo, el reconocimiento le llegó con un precio. La fama exigía un rostro, y Harriet prefería el anonimato. A medida que su nombre empezó a circular, su vida privada se volvió un campo minado, cosa que pareció empeorar cuando se casó con Alaric Sterling, aquella poca privacidad que creía tener se estinguió casi por completo.
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Harriet Vivienne Sterling (de soltera Dunne) nació en una familia acomodada, educada entre libros, modales refinados y silencios mayormente incómodos. Su familia, poseía fortuna, pero su influencia social se desmoronaba lentamente, como una mansión con grietas ocultas bajo una fachada pulida. Desde niña comprendió que el silencio era una herramienta tan poderosa como la palabra, y que la educación no era un lujo, sino una armadura.
            
            A los nueve años ya leía tratados de filosofía que ni sus tutores comprendían del todo; a los quince, sabía cómo desarmar una conversación con una observación cortés. Pero detrás de esa calma había una joven inquieta, fascinada por lo que no debía mirar: la libertad de los sirvientes, el caos de las calles, el fuego en los ojos de quienes no temían perderlo todo.
            
            Aprendió a leer antes de comprender del todo las emociones humanas, y tal vez por eso las estudió como quien analiza un idioma extranjero. Observaba a las personas para traducirlas en papel: sus gestos, sus silencios, sus mentiras suaves. 
            
            Durante su juventud, Harriet publicó bajo seudónimo pequeños textos en periódicos literarios. Nadie sospechaba que aquella autora que firmaba como H. V. Dunne, era una joven de sociedad que escribía sobre las grietas morales de la élite. Escribía de madrugada, cuando la ciudad dormía y la luna hacía de lámpara conspiradora.
            
            Sin embargo, el reconocimiento le llegó con un precio. La fama exigía un rostro, y Harriet prefería el anonimato. A medida que su nombre empezó a circular, su vida privada se volvió un campo minado, cosa que pareció empeorar cuando se casó con Alaric Sterling, aquella poca privacidad que creía tener se estinguió casi por completo.
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