────── Kristen no está y no es un no está de esos cotidianos, es un vacío profundo, uno que retumba en cada habitación vacía, en cada juguete tirado en el rincón, en cada prenda diminuta doblada en el cajón, el silencio de la casa es ensordecedor, como si incluso el aire hubiera decidido no tocarla.
A veces la imagina riéndose, corriendo por el pasillo, pronunciando su nombre con esa vocecita imperfecta y el recuerdo la asfixia.
Camina de un lado a otro con pasos calculados, casi militares, la desesperación en ella no es ruidosa, es controlada, punzante. Sabe que si se permite quebrarse, no habrá regreso, no puede caer porque, si lo hace, nadie irá a buscar a su hija.
En la cocina, con una taza de café frío en las manos, la porcelana tiembla levemente, no por el líquido, sino por su pulso, se habla a sí misma en ruso, muy bajo, frases como plegarias rotas: Ya te encontraré, malyshka... Mamá está aquí, mamá nunca deja de buscar.