SoyLiIya
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⠀⠀⠀«it's ⠀love⠀ that⠀ guides⠀ my ⠀ cleaver⠀ with ⠀such ⠀tenderness,⠀ a⠀ perfect ⠀ strike⠀ to⠀ fix⠀ the ⠀⠀horror⠀ on ⠀ your ⠀face!!»
SoyLiIya
Cuando el sitio de Leningrado llegó, Lilya fue vista ayudando a repartir pan negro a los niños. Pero nadie preguntó por qué nunca parecía adelgazar, ni por qué su mirada atravesaba a los hombres como si fueran presas. Cuando la guerra terminó, se instaló en un apartamento modesto con Sasha, un huérfano de ojos claros que ella había rescatado de los escombros. El niño creció creyendo que tenía una madre cariñosa, aunque a veces el frío en la casa era insoportable, como si la ventisca viviera dentro de ella.
En los cafés y bares de la ciudad comenzó a circular un rumor. Una mujer elegante, con abrigo de pieles, aparecía en las noches, acompañada de caballeros. Nadie la veía dos veces con el mismo. A la mañana siguiente, los hombres faltaban a sus trabajos, sus casas quedaban vacías, sus nombres se borraban en silencio. Nadie se atrevía a acusarla. Nadie quería admitir que el hambre seguía viva en la posguerra, oculta en la sonrisa de una viuda.
Lilya Morozova es una criatura de tiempo detenido. No envejece, no enferma, no se cansa. Lleva medio siglo caminando entre ruinas, siempre adaptándose, siempre cazando. Su condena es la misma que la de todo wendigo: un estómago que nunca se llena, un corazón que late frío, y una soledad que ni el amor ni la sangre logran colmar.
Algunos dicen que su único punto débil es el niño al que protege con una ternura feroz, otros aseguran que cuando habla de amor, es mentira: que la única pasión que conoce es la de desgarrar carne bajo la luna.
SoyLiIya
En los registros soviéticos, Lilya Dimitrievna Morozova aparece como la viuda de un oficial del Ejército Rojo, muerto en combate durante la Gran Guerra Patria. Una mujer elegante, reservada, que se dedicaba a obras benéficas en Leningrado y cuidaba de un niño huérfano llamado Sasha.
Ese es el rostro oficial.
La verdad es más antigua.
Lilya nació a finales del siglo XIX, en una aldea perdida de Siberia. Su infancia estuvo marcada por los inviernos interminables, la hambruna y la superstición. Cuando la nieve lo cubría todo y no había pan ni leña suficiente, algunos aldeanos hablaban en susurros de los “духи голода” (espíritus del hambre). Eran relatos de cuna, advertencias… hasta que la necesidad volvió realidad a los cuentos.
El hambre la obligó a lo innombrable. Una noche de 1902, perdida en la taiga con su madre enferma, ella probó carne humana por primera vez. No lo hizo por crueldad, sino por desesperación. Pero al dar el primer bocado, algo la escuchó. Algo que esperaba desde siempre en el bosque helado. El espíritu del wendigo —aunque en su tierra lo nombraban de otra forma— se apoderó de su cuerpo. Desde ese día, Lilya ya no tuvo hambre de pan. Solo de carne. Y nunca volvió a saciarse.
A lo largo de las décadas se disfrazó de lo que el mundo pedía: campesina durante la Revolución, enfermera en los años de guerra civil, esposa de un militar en los años treinta. En cada papel, su belleza helada permanecía intacta, su piel siempre tersa, sus ojos brillando con el mismo fulgor que el primer invierno. Nadie notaba que los hombres desaparecían a su paso: soldados borrachos, burócratas corruptos, maridos infieles. Todos terminaban devorados por la mujer que sonreía con los labios pintados de rojo.
SoyEvangelain
HOLA HOLA HOLA HOLA.
SoyEvangelain
¡Claro que estoy libre! una vez más me ocupé varios días pero regresé. ¿En dónde andas metida tú ahora?
SoyEvangelain
BUEN DÍA NO BRUJITA. Ayer me la pasé investigando sobre los de tu especie y— ¿comes carne humana?, tipo, ya sabes— ¿cómo un caníbal?
SoyEvangelain
¡En efecto!, nunca habia conocido a un wendigo... ni visto uno. Creí que eran más, eh... bueno, ya sabes— ¿monstruosos? CÓMO QUE ERES CANÍBAL. Me lo esperaba, pero ¿CÓMO QUE ERES CANÍBAAL?
SoyEvangelain
¡Bienvenida!, tú— ¿humana—?
SoyEvangelain
¡Entonces no eres humana!, lo sabía, aún no pierdo el toque. ¿Mm?, ah, yo— soy una vampira, ya sabes; chupa sangre, murciélago, blablabla. Solo que suelo ocultar mis colmillos y andar como si nada en el sol. ¿Entonces eres como—?, uh... no sé, ¿una bruja quizás? una vez conocí a una bruja ni muerta ni viva, aunque parecía haber muerto hace casi cien años pero no...
SoyEvangelain
¿Qué eres?, eres la primera criatura que logra evitar mis poderes. ¡Yo soy Evangelain!.
SoyEvangelain
Porque luces como una pero hay algo más que no puedo descifrar. Como si pudieras bloquear de alguna manera mi poder.
SoyLiIya
⠀⠀⠀«it's ⠀love⠀ that⠀ guides⠀ my ⠀ cleaver⠀ with ⠀such ⠀tenderness,⠀ a⠀ perfect ⠀ strike⠀ to⠀ fix⠀ the ⠀⠀horror⠀ on ⠀ your ⠀face!!»
SoyLiIya
Cuando el sitio de Leningrado llegó, Lilya fue vista ayudando a repartir pan negro a los niños. Pero nadie preguntó por qué nunca parecía adelgazar, ni por qué su mirada atravesaba a los hombres como si fueran presas. Cuando la guerra terminó, se instaló en un apartamento modesto con Sasha, un huérfano de ojos claros que ella había rescatado de los escombros. El niño creció creyendo que tenía una madre cariñosa, aunque a veces el frío en la casa era insoportable, como si la ventisca viviera dentro de ella.
En los cafés y bares de la ciudad comenzó a circular un rumor. Una mujer elegante, con abrigo de pieles, aparecía en las noches, acompañada de caballeros. Nadie la veía dos veces con el mismo. A la mañana siguiente, los hombres faltaban a sus trabajos, sus casas quedaban vacías, sus nombres se borraban en silencio. Nadie se atrevía a acusarla. Nadie quería admitir que el hambre seguía viva en la posguerra, oculta en la sonrisa de una viuda.
Lilya Morozova es una criatura de tiempo detenido. No envejece, no enferma, no se cansa. Lleva medio siglo caminando entre ruinas, siempre adaptándose, siempre cazando. Su condena es la misma que la de todo wendigo: un estómago que nunca se llena, un corazón que late frío, y una soledad que ni el amor ni la sangre logran colmar.
Algunos dicen que su único punto débil es el niño al que protege con una ternura feroz, otros aseguran que cuando habla de amor, es mentira: que la única pasión que conoce es la de desgarrar carne bajo la luna.
SoyLiIya
En los registros soviéticos, Lilya Dimitrievna Morozova aparece como la viuda de un oficial del Ejército Rojo, muerto en combate durante la Gran Guerra Patria. Una mujer elegante, reservada, que se dedicaba a obras benéficas en Leningrado y cuidaba de un niño huérfano llamado Sasha.
Ese es el rostro oficial.
La verdad es más antigua.
Lilya nació a finales del siglo XIX, en una aldea perdida de Siberia. Su infancia estuvo marcada por los inviernos interminables, la hambruna y la superstición. Cuando la nieve lo cubría todo y no había pan ni leña suficiente, algunos aldeanos hablaban en susurros de los “духи голода” (espíritus del hambre). Eran relatos de cuna, advertencias… hasta que la necesidad volvió realidad a los cuentos.
El hambre la obligó a lo innombrable. Una noche de 1902, perdida en la taiga con su madre enferma, ella probó carne humana por primera vez. No lo hizo por crueldad, sino por desesperación. Pero al dar el primer bocado, algo la escuchó. Algo que esperaba desde siempre en el bosque helado. El espíritu del wendigo —aunque en su tierra lo nombraban de otra forma— se apoderó de su cuerpo. Desde ese día, Lilya ya no tuvo hambre de pan. Solo de carne. Y nunca volvió a saciarse.
A lo largo de las décadas se disfrazó de lo que el mundo pedía: campesina durante la Revolución, enfermera en los años de guerra civil, esposa de un militar en los años treinta. En cada papel, su belleza helada permanecía intacta, su piel siempre tersa, sus ojos brillando con el mismo fulgor que el primer invierno. Nadie notaba que los hombres desaparecían a su paso: soldados borrachos, burócratas corruptos, maridos infieles. Todos terminaban devorados por la mujer que sonreía con los labios pintados de rojo.