SoyCressidaAvery
¿Ahuyentarme? —alzo una ceja, casi divertida, como si la idea misma fuese adorablemente ingenua—. Me temo que necesitará mucho más que barro y anécdotas infantiles para lograr eso, Lorcan Campbell. Aunque debo admitir… —lo observo con atención, como quien mira un acertijo que quiere descifrar—. Ese “olor a terreno conocido” que menciona es algo que también he sentido. No sé si lo llamaría instinto… o simple curiosidad. Pero lo cierto es que no suelo ignorar aquello que despierta mis sentidos. Su madre tenía algo de razón, supongo. —se acerco un paso, lo justo para que notara su presencia sin resultar invasiva—. Los de nuestra especie tendemos a encontrarnos. A veces para unir fuerzas… y otras para medir los colmillos. Aún no decido en qué categoría cae usted. Pero lo está haciendo bien, sabe. —su sonrisa es suave, pero hay un filo escondido debajo—. Causar una primera impresión inolvidable es un talento. No muchos lo logran sin proponérselo. Yo soy Cressida. Solo Cressida, por ahora. Si me quita el sueño o no, eso… lo veremos más tarde.
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[+] /y aun así, la sonrisa que le dedicó era la de una duquesa que bendice, no la de una mujer que amenaza—. Pero no se preocupe. No suelo derribar lobos sin una razón legítima. O sin una invitación. Aunque debo admitir que me sorprende que alguien tan confiado necesite explicarlo tanto. —lo dejó respirar la insinuación antes de continuar, sin perder una nota de nobleza—. Dice que mi “todavía” fue un poema. —hizo un gesto leve con la mano, como desechando el halago, aunque en su mirada brillaba un filo juguetón—. Y yo digo que usted tiene un oído exquisito para la poesía maliciosa. Me gusta. Podríamos escribir estrofas interesantes… si no se me desmaya del entusiasmo primero. Su cola parece tener un temperamento sensible. —una pausa. Un pestañeo lento. Una impecable recuperación de nobleza—. Pero no se preocupe. —levantó la barbilla, volviendo a su porte perfecto—. Aún no pienso lanzarle una copa de vino. Sería un desperdicio… de vino y de oportunidad. —siguió caminando con gracia hasta la mesa, deteniéndose justo antes de elegir su copa. Giró el rostro hacia él, con expresión tranquila, casi condescendiente pero indiscutiblemente entretenida—. Si huele a feromonas —dijo con absoluta serenidad—, Entonces quizá debería controlar mejor su entusiasmo. O al menos disimularlo. Está en un salón, no en un bosque. —le ofreció su copa para que él la sirviera—. Además… si un lobo entra en rut por mi culpa, lo mínimo que puedo hacer es comprobar si lo vale. —y su mirada, por primera vez, dejó ver un brillo desafiante surgido directamente de su sangre lupina.
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/ acomodó el guante en su muñeca con una elegancia calculada, como si no hubiera escuchado cada insinuación con una nitidez deliciosa—. Diría que su manera de presentarse es singular. Pero debo admitir que me agradan los hombres que no tiemblan al enseñar los dientes. Es refrescante… y útil. —sus ojos ascendieron hacia él, lentos, medidos, como si estuviera evaluando un caballo de guerra—. Aunque confieso que la palabra proporciones nunca me ha intimidado en lo absoluto. Ya sabe, en las cortes que frecuento solemos comparar otras cosas. Inteligencia, por ejemplo. ¿O resistencia?… depende de la noche. —sonrió apenas, lo justo para que pareciera amable y no un desafío, aunque lo era—. Pero no tema. Prometo que si algún día decido medirle algo, lo sabrá con exactitud. Y sin necesidad de insinuarlo tanto. —sus pasos fueron elegantes, medidos, incluso cuando él avanzó detrás de ella; no necesitaba mirarlo para saber que la observaba—. Tiene razón en una cosa: vivo entre humanos. Algunos son encantadores, otros insoportables… pero ninguno, absolutamente ninguno, ha tenido la osadía de hablarme tan abiertamente de su ‘cola’. —remarcó la palabra con un tono suave, peligrosamente dulce—. Le felicito. Se requiere valor… o hambre. —le dedicó una mirada breve por encima del hombro, tan elegante como filosa—. Sobre mi transformación… —susurró apenas para que sus palabras fueran solo para él—. Muchos me llaman fiera incluso en mi forma humana. De modo que no sabría decirle si mi aspecto cambia demasiado. —cuando él retomó el tema de su cola, Cressida alzó apenas una ceja. No se escandalizó; no se sonrojó. Simplemente lo miró como quien evalúa un chiste peligroso y decide si premiarlo o castigarlo—. Así que rígida y alta, dice. —ladeó la cabeza con un interés tan cortés que resultaba mortal—. Qué curiosa coincidencia… suele ser también mi postura favorita en un rival que intenta presumir. Me deja ver con claridad qué tan rápido puedo derribarlo. [+]
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— Tiene una forma… muy particular de presentarse. —respondió, con un tono suave, medido, casi aristocrático—. Y me temo que su fama de “proporciones” no es exactamente lo que suelen mencionar en las cortes que frecuento. —alzó la barbilla con delicadeza, sin perder la compostura, pero permitiéndose un matiz juguetón—. Aunque admito que su honestidad es refrescante. La mayoría de los caballeros suelen adornarse con títulos, blasón y poesía barata. Usted lo hace con barro, anécdotas y atrevimiento. No decido aún cuál de los métodos es peor o más interesante. —cuando él la recorrió con la mirada no se ofendió; su nobleza no era frágil. Solo enderezó los hombros con elegancia, aceptando el escrutinio como si lo hubiera permitido ella—. Y no, Lorcan. —dijo con suavidad, dejando entrever una sonrisa sutil—. No intento medirle nada… todavía. Solo me gusta saber con qué clase de criatura estoy conversando. Es parte de mi educación, supongo. —tomó su mano un instante, con el gesto perfecto que una dama de la nobleza habría usado en un baile de gala. Pero al liberarla, rozó apenas con su pulgar el dorso de la suya: un gesto delicado y calculado—. Acepto la copa. —concedió—. Sería descortés rechazar la invitación de alguien tan singular. —se giró con gracia, un movimiento elegante, cuidado, propio de alguien criada entre salones y poder—. Pero no se confunda. —añadió sin mirarlo, aunque su voz estaba teñida de diversión—. No soy compañía fácil, ni problema sencillo. Usted eligió acercarse. Y yo… solo estoy dispuesta a ver si sabe mover la cola tan bien como habla. —avanzó hacia la mesa, segura de que él la seguiría
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