Desde pequeño, Marcellus aprendió a ocupar el segundo plano. No porque fuera menos, sino porque entendió antes que su gemelo que, en una familia como la suya, llamar la atención podía ser peligroso. Creció bajo el mismo peso que Qrow: el apellido Lestrange, la ausencia intermitente de Rabastan entre Azkaban y la clandestinidad, y la figura casi mítica de una madre ajena a la crueldad de su mundo, cuyo recuerdo permanece como una herida que nadie en la familia nombra en voz alta.
La muerte de su madre marcó a ambos gemelos, pero de formas distintas. Mientras Qrow transformó la pérdida en calidez y apertura, Marcellus optó por la contención. Aprendió a observar, a medir, a proteger sin exponerse. No es frío por naturaleza, sino por supervivencia. Entendió que alguien tenía que pensar antes, anticiparse, mantenerse firme cuando las emociones amenazaban con nublarlo todo.
El vínculo entre Marcellus y Qrow es absoluto. No necesitan palabras para entenderse; se leen en silencios y miradas. El pacto que los llevó a convertirse en animagos nació tanto del miedo como del amor: la certeza de que, en un mundo empeñado en arrastrarlos hacia la oscuridad, debían tener una forma de cuidarse mutuamente. Marcellus fue quien insistió en la disciplina, en la paciencia, en el control. Para él, la magia no es solo poder, sino responsabilidad.