Mi bella María, gracias por tu gentil recibimiento. Debo confesar que hacía tiempo que no tenía ocasión de contemplarte en este plano, la única vez que lo hice fue durante el nacimiento de tu hijo Jesús, aunque no fue en un encuentro físico, por lo que quizá nunca me percibiste. Lamento no haber podido formar parte de manera más directa en aquel sagrado acontecimiento. Sin embargo, sí tuve la gracia de proteger a su primo, Juan el Bautista, guiándole junto a su madre, Santa Isabel, hacia Egipto, para preservar sus vidas durante la masacre ordenada tras el nacimiento de Jesús. Hoy estoy aquí, y te aseguro que haré cuanto sea necesario para velar por ti, aunque sé con certeza que tu espíritu es indómito y pleno y su fortaleza no necesita de protección alguna.