Mitski Reynolds creció en el mismo hogar roto que su hermano menor, Bob Reynolds. La violencia, el abandono y el consumo de drogas eran parte de su rutina mucho antes de entender lo que significaban. Desde pequeña aprendió que sobrevivir era más importante que soñar. A los 16 años, cuando la situación en casa llegó a un punto insoportable, huyó. Pensó que cualquier lugar sería mejor que seguir viviendo entre el miedo y el caos. Sin embargo, la calle le enseñó que la libertad también podía ser cruel.
Durante los años siguientes pasó de hogar en hogar, aceptando la ayuda de quien estuviera dispuesto a ofrecerle un techo. Pero esa ayuda casi siempre venía de personas tan rotas como ella: adictos, vagabundos y gente que sobrevivía como podía. Nunca encontraba un lugar donde quedarse demasiado tiempo. Con el tiempo terminó consumiendo drogas para adormecer el dolor, el hambre y los recuerdos. Cada recaída la alejaba más de la vida que alguna vez imaginó, convirtiéndola en una joven desconfiada, impulsiva y convencida de que nadie permanecía a su lado por mucho tiempo.
Aunque intenta aparentar que tiene el control, la realidad es otra. Su salud física y mental se ha deteriorado, y quienes aún se preocupan por ella han comenzado a presionarla para ingresar a un centro de rehabilitación. Mitski se niega. Para ella, aceptar ayuda significa admitir que perdió la batalla, y lleva toda una vida sobreviviendo sin depender de nadie. En el fondo, sigue siendo la adolescente que solo quería proteger a su hermano y escapar de un hogar que nunca pudo llamar "familia". Ahora deberá decidir si continúa huyendo de su pasado... o si, por primera vez, se permite creer que todavía puede salvarse.