En la mansión de BlackMoor existía una habitación única con una enorme jaula de oro. Cada día, un alfa guardián entraba para dar comida y agua a su prisionero. El prisionero era un omega, de ojos verdes y aspecto frágil, permanecía callado todo el tiempo, como si hubiera olvidado el hablar. Las únicas veces que el alfa oía su voz eran los días de celo. Podía escucharlo retorcerse en el suelo con el trasero levantado en busca de un alfa que lo llenara. Gemía como si recibiera una tortura mientras su esfínter se inflamaba hasta volverse rojizo y los fluidos se deslizaban entre sus ingles.
Katsuki nunca entendió por qué un omega tan frágil estaba encerrado como un monstruo. Pero como un alfa de casta baja, solo le quedaba obedecer y no hacer preguntas. Pero tras tres años llevándole comida, dudó de los rumores que decían que, si el omega era liberado, desataría todos los horrores del mundo.
Todo había sido igual hasta que un día, cuando metió la mano en la jaula para dejar la comida, el omega se acercó y tocó su brazo. Sus ojos verdes lo observaron y le ofreció una sonrisa que dejo boquiabierto al alfa.
—Kacchan —el omega habló por primera vez.
—Porque me llamas así
—Porque de todos los alfas que han estado aquí eres especial…
—No soy especial —dijo el alfa, porque era algo que a la casta baja siempre se lo repetían. De pronto el aroma intenso del omega hizo sacudir su nariz y decidió retirarse de los barrotes, no obstante, el omega le tomó con fuerza y lo jaló contra la jaula dejando sus labios entre el espacio de los barrotes de oro.
Entonces lo sorprendió un beso.
El omega movió su boca y logró abrirle los labios. El alfa abrió los ojos con sorpresa, al probar el dulce sabor de un omega puro y virgen de casta alta.
Cuando el alfa escapó asustado, sus ojos rojos se dirigieron al rostro del omega intentando buscar respuestas. El omega volvió a sonreírle con las mejillas sonrojadas.
—¿Lo ves? Eres especial, porque eres el único alfa que abrirá mi jaula…