@Enoward51
Makoto dejó que sus dedos se alejaran del teclado, la pantalla de la computadora llena de números y facturas perdió todo el foco mientras su mirada se perdía en el mosaico de luces de la ciudad. La quietud de su apartamento, normalmente acogedora, hoy sentía como un eco vacío.
Debería concentrarme en el trabajo, se repetía, las advertencias de Kyoko sobre inventar escenarios y las preocupaciones de Sayaka resonando en su cabeza. Pero era inútil. Como un imán, sus pensamientos giraban siempre hacia la misma dirección: hacia Mondo.
La imagen de su rostro, de esas cejas fruncidas y esa mirada intensa que a muchos aterraba, se materializó en su mente con una claridad dolorosa. Makoto sintió un calor tonto en las mejillas. Lo encontraba adorable, sí. En la crudeza de Mondo había una honestidad total, una falta de filtro que, para Makoto, era refrescante. Pero ese Mondo, el temperamental, el que amenazaba con puños pero cuyos golpes nunca llegaban a él —bueno, a veces—, parecía haberse esfumado.
Ahora había un Mondo más serio, más distante. Una sombra de responsabilidad pesaba sobre sus hombros, ahogando su fuego característico. ¿Por qué? La pregunta zumbaba como un mosquito persistente. Recordaba la voz ronca de Mondo, cargada de una determinación feroz, prometiéndole la mejor casa del mundo. Recordaba aquel "gracias" tan torpe como genuino, que le había hecho sentir que su amistad, simple y constante, era en realidad un pilar. Algo poderoso.
Pero ahora sentía duda. Una sensación amarga de estar perdiéndose algo, una inutilidad de no ver bien lo que sea que consuma el tiempo de su amigo. Y la promesa, esa hecha con tanta determinación feroz, le estaba haciendo ruido.