La vida no debería convertirse en una obligación. No deberíamos tener que endurecer nuestro corazón para poder seguir respirando sin sentir como nos partimos en miles de pedazos; como cristales al chocar contra el suelo. Pero en nuestro caso, el cristal es toda inocencia contenida, los sueños, el amor, los sentimientos. En simples palabras es todo lo que nos permite ver nuestra realidad sin querer huir o ser arrullados por la muerte, que, en vez de ser un símbolo de miedo es un símbolo de alivio.
Y el suelo es cada persona, momento o historia que nos recuerdan que NO VALE VIVIR. Que cada vez que respiramos una persona es matada, violada o asesinada. Que probablemente algún día tengamos que ir a una estación de policía para reportar con lágrimas en los ojos que se nos arrebatado a un pedazo de nuestro corazón con forma de persona.
Que no podremos realizar nuestra vida soñada porque no contamos, como seres con razón o sentimiento, si no como objetos que producen dinero.
Que quienes nos aman nos lastiman, que hemos lastimado y sacado miles de lágrimas a quienes más nos aman. Y quienes, al mismo tiempo nos lastimaron tan profudamente que nunca sanaremos.
Que por culpa de nuestras heridas, heridas que no queremos sanar. Porque no somos víctimas, y al mismo tiempo somos los dañados. Repetimos el ciclo y solo acabamos más heridos e hiriendo a un más gente.
En ciertos momentos la vida solo demuestra que somos un conexión. Conectamos al sonreír, pero esa sonrisa es falsa. Ocultamos aquellas heridas que nos unen a problemas. Y esos problemas, sonrisas falsas, y "fíngelo hasta que te lo creas", esas palabras de boca para fuera. Conectamos hasta explotar. Y al explotar conectamos para que alguien cercano repita el ciclo.
Somos ciclos, somos conexiones que crean dolor. ¿Por qué no desaparecemos? ¿Por qué, esos seres divinos no deciden bajar y crear su escenario ideal? ¿Por qué seguimos sufriendo? No sería mejor tan solo cerrar los ojos unos segundos y desaparecer.