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-Mañana te enseñaré la ciudad...—murmura, besando mi frente suavemente-. Pero esta noche quiero quedarme así, con mi mujer.
-Tu mujer... -repito en un susurro, sonriendo medio dormida, sin imaginar lo que en verdad planea.
Él me apreta más fuerte contra su cuerpo, y en la penumbra de la habitación, juraría que sonrie con esa expresión peligrosa que siempre anuncia tormentas.
-Siempre, Amadea. Siempre serás mía.
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Un pequeño adelanto para que no me odien por no actualizar.