El psicólogo me planteó el escribir para volver a mí. No para ustedes, para mí. Pero la verdad es que un montón de veces, escribir para ustedes fue hacerlo para mí. Fue sentir un abrazo, una caricia, y ternura. Mucha ternura.
La primera vez que quise escribir de la guerra, mi mamá me dijo "ojo con lo que hacés", y yo me reí. Porque el argumento era que no podía escribir lo que no había vivido, eso me pareció absurdo. Hace veintiún años que vivo en guerra, hace seis que estudio minuciosamente del tema. Porque sí, soy de esas. De las que nos gusta saber de todo para no toparnos con nosotras, de la del documental. De la del libro con hojitas amarillas.
Tengo medio té haciéndose al lado, una compu nueva. Pero no soy yo. A veces las personas me dicen "¿y todavía te leen?" sí. todavía. Siempre hay una, eso es algo que me parece gracioso.
De este pueblo de menos de mil personas, siempre hay una pulga dándose vueltas en lo que alguna vez fui yo, y algunas otras veces, mi cabeza. Tengo que confesar. A veces me da miedo volver y que no haya nada ni nadie, me da vergüenza contar las veces que desaparecí. Me pongo vieja, austera y absurda con todo lo de la escritura. No entiendo qué hacen ustedes, no entiendo qué me ven.
Y entonces tengo que volver a mí. Me parece más gracioso todavía. Que cuando necesito volver (les) escribo. Que empecé a los doce y ahora tengo veintiuno. Y sigo, sigo volviendo a ustedes para volver a mí. Sigo porque me salvaron la vida, y me da ternura cuando me escriben que les doy un alivio.
Porque ustedes son los bomberos de mi infierno, o quizás no.
Somos todas colegas del mismo piso, compañeras de la misma tristeza.
Siempre a la par. gracias por ser parte de mi historia.