— lo sé, papa... pe-pero yo... — suspira, cerrando sus luceros mientras descansaba en el cuello ajeno, sabía que el otro no la regañaba, que solo le recordaba amorosamente que ella era lo único que habitaba su corazón, y vaya, el sentimiento era mutuo. — lo son, y... s-sí, un poco, pero no por lo que usted podría creer, sino... porque ellas son todo lo que yo quisiera ser... chicas tranquilas, que no colapsan al instante donde algo no sale como lo desean... sé que ellas no te quitarían de mi lado porque cada una ya tiene a alguien en su corazón igualmente, pero... sus actitudes son... mejores. — admitió mientras un ronroneo suave se le iba ante las caricias y el beso. cuando el frater pregunta aquello, ella en voz suave murmura. — s-soy yo... — susurra, permitiendo que su propia mano reposara sobre el pecho ajeno. — y-yo lo hago... — finaliza, atentamente oyendo todo lo demás que tenía por decirle su amado, pero ella niega rápido cuando este dice que la descuidó por estar ocupado, no no, no era por eso. — papa... yo llevo cargando estos pensamientos desde que usted era cardenal, no se preocupe por eso... n-no es algo relacionado con que esté ocupado, lo prometo... — susurra cuando él concluyó sus dulces palabras, sintiendo sus labios tan cercanos a los ajenos. ella no dudó, unió sus belfos con los opuestos, sus ojos cerrándose por el hermoso momento.